Un saco de cebollas

PIEDAD VALVERDE

Ahora que mi padre ya no está me pregunto, a menudo, qué diría de esto o de lo otro. Porque, como yo, siempre opinaba de cualquier cosa y no se callaba ni debajo del agua. Ignoro qué pensaría él de este barullo de Cataluña, seguramente con esas ocurrencias que tenía me volvería a contar la historia de cuando su hermano Antonio emigró a Barcelona para colocarse en telégrafos y le mandó razón para que se fuera con él. Le gustaba fantasear con lo que hubiera pasado si mi madre, que entonces era su novia, no se lo hubiera impedido, ya que ella no quería vivir lejos de mis abuelos. Según esto yo no hablo catalán por un pelo, hasta podría ser uno de esos que tanta lata dan con sus deseos de votar. Igual me habrían puesto de nombre Montse y escribiría en la lengua de Jacinto Verdaguer e incluso podría ser independentista como tantos hijos de andaluces (sin ir más lejos el famoso Gabriel Rufián). Imagino que mi padre estaría en contra del referéndum, porque pasaba muchas horas delante de la televisión y no hay cadena ni programa que no se oponga a que se celebre. La verdad es que el pobre era un blanco fácil y muchas veces cuando le llamaba por teléfono me sorprendía cómo detestaba a algunos personajes famosos y las miserias que conocía de ellos. Especialmente le tenía un odio africano a Kiko Rivera, porque en su código lo peor que se podía ser en esta vida era un vago y según él este muchacho no tenía oficio ni beneficio. También le era fácil odiar a los explotadores. Y de hecho en su presencia no se podía mencionar a un conocido terrateniente de mi pueblo. A mi madre le daba mucha rabia esta manía porque, a pesar de las distancias, era un buen amigo de mi abuelo materno.

A mí también me extrañaba esta fijación, porque no era el único candidato, un día le pregunté y me explicó que todo venía de una vez que le labró la tierra. En aquella época yo recuerdo los apuros que pasaban él y mi madre para pagar los plazos del tractor con el que araba. El caso es que este señor tenía una gran extensión agraria y mi padre aceptó el encargo creyendo que merecía la pena. Cuando termino la tarea fue a cobrar y el propietario le dijo con una sonrisa:

- Esteban, ahí tienes un saco de cebollas, llevatelo y con eso estás pagado.

Así que cogió su saco porque fue incapaz de replicarle al ser amigo de su suegro pero no volvió a mirarle a la cara.

Lo que más le fastidiaba, me decía, era la humillación, la falta de consideración y siempre terminaba el relato con esta frase:

- Mis hijos no comen cebollas, no son cerdos, comen pan.

Yo creo que en el origen de muchos conflictos hay un saco de cebollas. Tirando un poco de hemeroteca me informo de que en Cataluña ya hubo un referéndum en 2006, para aprobar un nuevo estatuto de autonomía, en el que ganó el sí. Seguro que muchos de ustedes se acordaran de aquellos debates interminables también y de que finalmente se llegó a un acuerdo y así el famoso estatut fue aprobado por el Parlamento español por 189 votos a favor, 154 en contra y dos abstenciones. Y también hay que saber que en 2010 el Tribunal Constitucional, tras el recurso del partido que hoy gobierna, recortó y suprimió los artículos que consideró no acordes a la Constitución Española.

Se me ocurre que quizá los catalanes se sintieron entonces como mi padre con aquel triste saco de cebollas. Ya que doce jueces, por muy preparados y sabios que fueran, echaron por tierra una ley aprobada por todos los catalanes y el Parlamento Español.

En fin, como les digo, lo cierto es que no soy catalana y tampoco estoy especialmente a favor de la independencia pero me parece que ya vale de lanzar sacos de cebollas. Igual y dicho sea de paso, alguien tiene que empezar con un saco de panes.

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