La ruleta yihadista

Resultan muy difíciles de frenar atentados 'low cost' como el de Barcelona, pero hay que impedir la confirmación del yihadismo para los musulmanes de segunda y tercera generación

ANTONIO ELORZA

En la estela de los de Niza, Berlín y Londres, la nueva tragedia yihadista, registrada en Barcelona, viene a sumarse a una cadena de atentados 'low cost', con una alta tasa de rendimiento, por cuanto los recursos utilizados son muy reducidos, difíciles de detectar preventivamente por las fuerzas del orden y al mismo tiempo pueden provocar un número elevado de víctimas. Resulta muy difícil impedir que se sigan produciendo y alcanzan un extraordinario eco, primero en el país directamente afectado, y a continuación en el conjunto de países que integran al 'Gran Enemigo', Occidente, y singularmente a los de nuestra Europa.

Por eso es muy importante conjurar la reacción masoquista, muy difundida en España durante los últimos años, y con fuerte arraigo académico, que consistiría en adoptar la vieja fórmula de que nos suceden males por castigo a nuestros pecados o nuestras culpas, las del Occidente capitalista que solo actúa por egoismo; lo cual en definitiva sirve de coartada pseudoprogresista para no encarar la complejidad del tema y justificar la táctica, escasamente útil, del silencio de los corderos porque en definitiva el degollador tendría razones para actuar así. Algunos de los principales propagandistas del islamismo académico, Tariq Ramadan, docente en Oxford, y Nadia Yassin, del grupo Justicia y Espiritualidad recientemente implantado aquí a nivel universitario, serían los más lúcidos portavoces de esta ingeniosa argumentación exculpatoria. De entrada, como es lógico, condena del acto terrorista, sin reserva de ningún tipo, pero a continuación el discurso gira sobre sí mismo hasta alcanzar los ciento ochenta grados. La clave argumentativa es que el Islam es paz y que quienes practican la yihad como guerra santa, o no son musulmanes, o lo son incompletos y mal formados, o contravienen los mandatos de Alá y el Profeta. Y esto desde el principio: los cristianos de Jerusalén habrían acogido al profeta Omar el liberador y él, tan sensible a la diversidad religiosa que dictó la expulsión -aun vigente hoy en el Islam- para cristianos y judíos de la península arábiga, se comportó como esperaban los entusiastas vencidos. Así que , solo quien odie al Islam puede vincularle en algún modo al yihadismo. Amén.

Eficaces durante más de una década, tales falacias bienintencionadas han perdido últimamente eficacia a la luz de una realidad demasiado trágica. Tariq Ramadán ha perdido su puesto de profesor en Rotterdam (ciudad holandesa con alcalde musulmán) y en Francia casi no le permiten hablar. Pero ello no impide que difusamente una mayoría de musulmanes siga prefiriendo rechazar la condición musulmana de los terroristas y, en la vertiente opuesta, crezcan inevitablemente la islamofobia y la xenofobia orientada contra los inmigrantes de extracción árabe.

El origen de la táctica de los llamados 'lobos solitarios', que pueden ser en la mayoría de los casos integrantes de pequeños grupos, teledirigidos desde un centro de decisiones exterior, se encuentra como es sabido en las mil seiscientas páginas de la llamada a la resistencia islámica global, redactada hacia 2005 por el sirio Mustafá Setmarián, luego nacionalizado español. A partir de la derrota militar de los talibanes en Afganistán y de la desarticulación de células fuertemente estructuradas de al-Qaeda, Setmarián piensa que es preciso dotar a la organización yihadista de un armazón mucho más flexible, menos sometida al riesgo de detectación por los sistemas de seguridad antiterroristas. La búsqueda de una coherencia interna en el grupo terrorista tendría que ver más con la sociabilidad que con la configuración de estructuras tradicionales en los grupos entregados a la acción clandestina: 'sistema, no organización'.

El papel de los intermediarios, de los 'go between' en los procesos de radicalización yihadista, estudiados por Fernando Reinares, se ajustaría a ese nuevo esquema subversivo, al subrayar en su estudio que la mayor parte de las radicalizaciones tiene lugar por contactos personales, en la mezquita, en centros culturales, etc. y no . Por cierto, el análisis estadístico de Reinares destaca que el epicentro de la radicalización peninsular se sitúa en Barcelona.

El atentado de Barcelona vuelve a poner sobre el tapete una cuestión de primera importancia: los millones de musulmanes que hoy habitan el mundo no son en su gran mayoría pro-terroristas, pero al mismo tiempo la actuación del Profeta armado en Medina, durante su guerra a muerte contra sus rivales de La Meca, se encuentra exenta de una estrecha vinculación con el yihadismo como antecedente. No se trata de un problema de simple confrontación de las ideas, ya que tanto en Al-Qaeda como en el Estado Islámico, y cabe pensar también que en los terroristas de Barcelona, el recurso a una interpretación por lo demás ortodoxa, del Corán de la época de Medina y de los dichos o sentencias (hadiths) del Profeta, genera una fundamentación de la yihad, como permanente esfuerzo de guerra contra el infiel. Y también un voluminoso y preciso repertorio de actuaciones para que dicha contienda sea vencida por los creyentes y que toda la humanidad sea de su religión (2, 193). La descripción de los actos terroristas ejemplares es frecuente en las biografías canónicas del Profeta.

La construcción teológica, fijada ya en el Corán de la Meca, nada tiene que ver con ello, del mismo modo que la campaña de exterminio de Josué, el de las trompetas bíblicas, nada tiene que ver con el Evangelio. Tenemos más de un millón de musulmanes, muchos jóvenes: hay que impedir, educación mediante, la confirmación del yihadismo que Setmarián augura para los musulmanes de segunda y tercera generación.

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