Ruano: las tres moscas

La aldea eran las fuinas, los cepos, los maquis y las riadas. La ciudad era el cine Alegría, el instituto Alfonso VIII, la biblioteca Fermín Caballero y las alegres coristas del teatro Xúcar. Pedaleaba yo desde La Torre a Cuenca por aquella hoz, una ópera de Wagner entre la nieve y la piedad. Era Cuenca, el canon de la ciudad perfecta: la que tirano puede abarcar con una sola mirada. Esa Manhattan medieval, la cantiga de piedra, despertó en mí irresistible vocación de escribir cuando pensé pedaleando algo equivocado, pero que lo escribió más tarde Manuel Vázquez Montalbán: «El hombre que conoce el arte de escribir es superior a los demás». Sobre todos era superior Ruano. Cuando me asalta el zafarrancho de los recuerdos no llega en primer lugar la hoz, sino las moscas en la nariz de Ruano, la grapa de ABC y el cuerpo esplendoroso de Queta Claver. La vi sin plumas, «desde las tetas al culo», como vio Alberti a las ninfas de las fuentes de Roma. La descubrí desnuda entre los vestidos fluorescentes. Al verme en su camerino se cubrió el muslamen pero ya era tarde. Había ido yo a llevarle la cena a la vicetiple desde la pensión de mi tía Elena, a diez metros del teatro, me equivoqué y me metí en el camerino de la supervedette. Cuando apareció me quedé colgado a la cesta de mimbre con manteles de cuadros donde llevaba la merluza y las naranjas. Había visto las ligas rojas de cámara de rueda de camión de las mozas mientras tendían la ropa o pasaban bayeta, pero nunca había presenciado un desnudo total.

Otro momento áureo fue el descubrimiento de Ruano en el Café Colón. César tenía que escribir dos artículos al día para mantener su palacio; no solo publicaba en ABC sino en La Vanguardia y en otros periódicos de provincias que leía con pasión. Yo les pedía a los amigos del café que no lanzaran los dados con tanta fuerza para no molestar al maestro, al que leía en el periódico que compraba para mi tía, junto al paquete de Chester en el quiosco que había en la puerta del teatro Xúcar.

Con pluma y tintero que los camareros le guardaban, luchaba contra las moscas que se posaban en las cuartillas. Escribió: «Con dos o tres moscas solamente se puede escribir perfectamente un artículo». Yo esperaba la hora fija de la llegada de la prensa de Madrid para leerle a él o a Azorín, o a Wenceslao Fernández Flórez. Hacia la una llegaban los diarios de la mañana en el tren. Los leíamos como breviarios laicos. Se voceaban por Carretería, después de que los vendedores cortaran los paquetes con grandes tijeras. «Muchos -escribía Ruano- se citan así: a la hora de los periódicos». Recuerdo un día que rodeado de gitanos que le vendían vírgenes con carcoma, se me acercó a mí: «Le invito a comer». No me había pasado algo tan importante en mi vida. Me invitaba a almorzar y me decía de usted el que era capaz de escribir un artículo con tres moscas. Nunca olvidaré a Ruano, ahora en el Índice de lo correcto, ni a Queta Claver desnuda, cuando la censura prohibía la palabra muslo.

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