ROSA LUXEMBURGO ERA DEL PP

PABLO GARCÍA-MANCHA MIRA POR DÓNDE

Andrea Levy ha dicho que ella y el PP son revolucionarios. El mundo ha estallado en una soberana carcajada. A continuación, ha salido el PP en su cuenta de Twitter redoblando el esperpento: «Claro que somos un partido revolucionario, y nuestra revolución funciona». Dan ganas de reír y llorar, como la mítica canción de Kiko Veneno, que creo que no actúa en los festivales a los que suele acudir la partisana dirigente catalana. ¡Ah no!, que la partisana es Rita Maestre. Es que aquí todo el mundo se apunta a un bombardeo, pero lo de la nueva Rosa Luxemburgo del PP es asombrosamente estrafalario. Y encima dice que se hizo revolucionaria leyendo La casa de Bernarda Alba, donde asegura que se vive «una situación de asfixia por las convenciones, sobre la moral, y ese grito ahogado, pero grito de libertad» (sic). Levy se confiesa seguidora de Anaïs Nin y del Avant Garde, paradigmas del surrealismo surgido tras la Primera Guerra Mundial. Y bien visto, no puede haber nada más surrealista que ser del PP y estar convencido de que Mariano es una especie de Bakunin que fuma puros y que a veces padece lumbago. O la señora Cospedal, también revolucionaria; o el ministro Alfonso Dastis como una especie de Kerensky contemporáneo de la política falsamente daliniana de los seguidores de Levy y Moragas, otro revolucionario de alto copete de la familia popular, conservadora y ácrata a la vez. Lo habrá dicho porque es verano; o porque como ya se vendimia a principios de agosto la posverdad meteorológica ha acabado por apoderarse de las palabras hasta dejar todo significante vacío de significado. Da igual, si uno tiene una duda, te haces de Andrea Levy, que es capaz de asegurarte a la hora del vermú que es muy bonito ver amanecer en riguroso directo.

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