Romper el nosotros europeo

Digámoslo otra vez: si un territorio se escinde de su Estado miembro no cabe la permanencia en la UE

El movimiento independentista ha negado una y otra vez que la eventual ruptura de Cataluña con España conllevaría su salida automática de la UE. Ha insistido en esta falsa proclama contra viento y marea, a pesar de las clarísimas declaraciones en sentido contrario de las instituciones de Bruselas y de los principales gobiernos europeos. Ha sustraído del debate público esta verdad tan central para cualquier ciudadano residente en Cataluña y preocupado por el futuro. Digámoslo otra vez: si un territorio se escinde de su Estado miembro no cabe la permanencia en la UE. Tras ser reconocido como Estado, para participar en el proceso de integración debe solicitar la adhesión, poniéndose a la cola de los candidatos a las siguientes ampliaciones. Dicho nuevo Estado se quedaría sin acceso al mercado interior, estaría fuera de las políticas de la UE y, por lo tanto, no participaría en la Unión Económica y Monetaria, por mucho que hasta entonces hubiese utilizado la moneda común. Los estados miembros no tendrían además ningún incentivo para reconocer al nuevo Estado, que ha hecho saltar por los aires el Estado de derecho en una democracia constitucional asentada ni para abrirle la puerta de entrada en la UE. Si lo hiciesen, alentarían con este precedente un efecto contagio peligroso en sus propios países.

Pero la propaganda independentista ha negado esta dura realidad. Ha ocultado una información muy relevante a los millones de ciudadanos a los que intentaba sumar a la aventura secesionista, sabiendo que los iba a privar de derechos básicos, de seguridad jurídica y de su nivel de bienestar. Ni un solo gobierno europeo, ninguna institución de la UE, ha cambiado de opinión a pesar de la probada capacidad de influir en medios internacionales de los independentistas. Los costes de este desgarro unilateral han seguido siendo inasumibles en términos económicos y empresariales. En los últimos meses, en la recta final de la acelerada carrera del independentismo hacia la nada, las empresas y de los individuos han reaccionado ante el intento de salir por las bravas del marco europeo. Han votado con los pies y la suma de sus decisiones ha demostrado que los principios y las normas negados por el independentismo están muy vigentes. La factura económica que ha dejado esta pretensión salvaje es ya muy alta. A ella hay que sumarle los daños tan palpables a la convivencia diaria en Cataluña dentro las familias y entre las personas.

El proceso de integración europea no aspira a la homogeneidad política o cultural ni mucho menos a la asimilación de unas identidades por otras. El nosotros europeo está formado por múltiples comunidades, superpuestas, abiertas a la influencia mutua, enriquecidas por las diferencias. Pero la celebración de la diversidad lleva aparejada el deber compartido de vivir dentro del Estado de derecho, dejar atrás los excesos del nacionalismo y no olvidar nunca su trágico legado en la historia continental.

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