Rompeolas

ANTONIO PAPELL

Álvarez Junco es probablemente el intelectual español contemporáneo que mejor ha comprendido la realidad histórica, ontológica, de España, desmontando tópicos y mitos y obligándonos a todos a un ejercicio de sinceridad y realismo. Su última intervención en el Congreso, en el seno de la Comisión para la Modernización del Estado, ha sido clarificadora, al desmontar con datos incontestables ciertas pretensiones historicistas infundadas y al poner de manifiesto que los términos España y Cataluña describen realidades modernas que antes de las revoluciones napoleónicas no tenían el mismo sentido que hoy les damos. Pero lo más relevante ha sido el pesimismo que ha destilado al referirse al presente y al futuro. El problema catalán debe ser, a su juicio, embridado para evitar la balcanización del país, y la reforma de la Constitución es necesaria para que esta siga siendo «un texto vivo» y no se convierta en «letra muerta».

«Si queremos una Constitución eficaz -ha dicho- hay que modificarla con un pacto, pero si no se puede alcanzar ese pacto no soy partidario de modificarla». E inevitablemente se ha referido elogiosamente al espíritu de concordia del 78 porque entonces «todos renunciaron a algo», pero al mismo tiempo ha criticado a los independentistas porque, a la vista de los acontecimientos, han sido los únicos que «no renunciaron a nada».

La posición de Álvarez Junco se abre paso, parece, en la opinión pública más selecta, política e intelectualmente, de nuestro país, y que hay que formular descarnadamente: la reforma constitucional es necesaria, indispensable, pero la clase política actual no da la talla, no es capaz de las renuncias y complicidades que serían precisas. De donde se deduce que hay que reparar las averías actuales poniendo en tensión la Carta Magna vigente y aguardar a que se serenen los ánimos y se remansen las aguas para intentar el salto cualitativo hacia adelante. De momento, la Constitución ha resultado ser un útil rompeolas contra la arbitrariedad y el unilateralismo; tendremos que conformarnos con esa fuerza legítima para mantener, al menos, los principios civilizatorios del estado de derecho y la seguridad jurídica.

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