RISIBLES

PÍO GARCÍA LOCO POR INCORDIAR

Cada vez hay menos gente que escribe sonriendo. Ha caído sobre nosotros una lluvia de odio y reproches mutuos y todo el mundo de repente se siente agraviado. Mucha gente se asoma a Twitter o a Facebook con el rifle verbal cargado, y la red resulta una pintoresca amalgama de frasecillas de Paulo Coelho, fotos de amaneceres, feroces diatribas e insultos descarnados. Es como si el tiempo de la inteligencia se hubiese esfumado y uno ya solo pudiese elegir entre ser tonto o ser malo (y que conste que yo prefiero ser tonto).

Empiezo a sentir un rencor profundo hacia los rencorosos, hacia las personas enfermas de importancia que reparten mandobles en las redes, como si solo ellos pudiesen sacar el cedazo para determinar quiénes son buenos y quiénes malos. La inquisición ha vuelto pero ahora adopta formas múltiples e insidiosas: cuando uno escribe, tiene la incómoda sensación de andar por un campo minado. Cada adjetivo puede de pronto engendrar una pavorosa tormenta porque alguien se ha sentido ofendido, gravemente ofendido, insoportablemente ofendido, y se cree entonces con bula para descargar insultos y amenazas.

En esta época oscura para la libertad de expresión (en la que reina una censura fantasmal y ubicua), me permito defender la ironía. La ironía, a veces divertida y a veces triste, exige siempre una mirada fría y distante, escéptica. Una mirada que nos recuerde que todos los humanos (españoles, catalanes, riojanos, gais, heteros, animalistas, taurinos, feministas, machistas, musulmanes, peritos agrónomos, periodistas, opusianos, ateos, peperos, podemitas, islamófobos, obreros) somos gente insignificante; gente risible.

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