RESTAURACIONES

MANUEL ALCÁNTARA

No seríamos buenos vasallos aunque tuviéramos buen señor, que no es el caso. Los que residen en la amplia comarca del descontento se dividen en dos grupos: los que tienen razón y los que esperan tenerla. Una vez desmontado el plan económico de la Generalitat, el Gobierno, que se anda sin contemplaciones, ha decidido no contemplar las medidas excepcionales de intervención en Cataluña. La verdad es que le venían estrechas no solo de hombros, sino de hombres. Los separatistas catalanes, vistos de lejos, dan menos miedo que asco. Están empeñados en hacer más pequeña su hermosa patria chica, que no es menor que la de cualquiera de los que no somos independentistas. Es curioso que llamen integristas a quienes no desean contemplar una España desintegrada, pero lo más extravagante es que acusen de franquistas a los muchachos a los que les suena el nombre del llamado 'invicto caudillo' como un contemporáneo de Vitiza, o lo que es peor, como un suplente de Wifredo el Velloso, que no tenía un pelo de tonto.

Ahora nos cuenta que la plena restauración de la legalidad sería lo único que podría evitar los efectos del artículo 155, que jamás ha podido descansar en paz. El independentismo siempre ha sido un pseudónimo de desastre, empezando por la ruina económica de los que aspiran a separarse a contra historia, pero nadie escarmienta en cabeza propia, excepto algunos decapitados. ¿Qué puede pasar antes de que Rajoy cese a todo el Govern e intervenga la autonomía de Cataluña? Nada más grave de lo que ya está pasando, pero hasta ahora no hay muertos. Los que desconfiamos del 'seny', incluido Josep Pla, que era ampurdanés y siguió siéndolo después de recorrer el mundo, no creemos en las virtudes locales porque pecan de egoísmo y el egoísmo no es un pecado. Todo el mundo se quiere mucho a sí mismo. Incluso los suicidas.

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