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MANUEL ALCÁNTARA

Se ha comprobado la escasa influencia de la oración en la meteorología, pero en muchos pueblos españoles la buena gente hace las dos cosas: fiarse de la Virgen y correr. El día de la Fiesta Nacional ha unido a los millones de personas que expresan su orgullo en la calle y los hay que incluso besan a los guardias de circulación, sin quitarles el casco. Es una respuesta a Puigdemont, que no acaba de enterarse que el separatismo es intrínsecamente malo.

El respaldo de eso que llamamos «sociedad civil» ha sido espectacular, acaso porque hay muchos compatriotas a quienes lo que más les gusta es presenciar los desfiles.También ha crecido, por fortuna, el número de políticos y de empresarios que le han mostrado su apoyo a Felipe VI, no sólo en el Palacio Real, que estuvo a tope, sino en las calles, donde, según dicen los cronistas menos dados a innovar el tópico, «no cabía un alfiler». Ciertamente, el día de la Fiesta Nacional se convirtió en un clamor por la Constitución. Cuando casi nadie sabe a qué carta quedarse, es confortador que la inmensa mayoría se quede con la Carta Magna.

Cree Rajoy que a Puigdemont le bastaría con decir que no ha declarado la independencia para regresar a la ley y hacer posible el diálogo necesario. Mientras el cardenal Rouco Varela, que cumple todos los votos excepto el de pobreza, insiste en que España es la tierra de María Santísima, aunque ella viva en el cielo, que es un lugar más seguro. Lo importante es que el Estado haya exhibido su unión y su fortaleza contra los que quieren fragmentarlo para venderlo por parcelas. Es curioso que el artículo 155 les guste a los mismos que no deseen su aplicación. La célebre espada de Damocles está oxidada, pero únicamente por uno de sus dos filos.

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