De las relaciones y otras cosas

SYLVIA SASTRE

Las relaciones humanas se basan en un equilibrio de acuerdos, concesiones, respeto y el procurar el confort de la otra persona. Con ello se logra una convivencia razonable aunque el entendimiento sostenido no siempre es posible, sobre todo cuando se producen bifurcaciones en los objetivos vitales, absolutamente legítimos e individuales.

Si no se encuentran objetivos que conduzcan a un desarrollo común, a un espacio compartido real, la tendencia a seguir caminos diferentes se acentúa y hará desaparecer eventualmente el impulso de las ilusiones iniciales; cuando esto sucede queda la opción civilizada de aceptar la bifurcación y dar por cerrada la relación, que no siempre es fácil porque puede ser que una de las partes opte por mantener nominalmente una relación vacía de contenido. Son las relaciones dirigidas a mantener la apariencia cuando ya no existen más que como holograma en el aire. Pero cuando se llega a la violencia ya no hay vuelta atrás, mostrando lo peor del ser humano, tanto en dimensión individual más egoísta, como en su dimensión social, cuando se convierte en mera virtualidad. En las relaciones, influye el modelo acuñado en la más tierna infancia que nos guía inconscientemente, y debe primar la honestidad ya que es lo único que nos salva de los errores cometidos.

Lo dicho puede aplicarse a las relaciones entre colectivos y las fuerzas que se desarrollan en ellas. La unión hace la fuerza si los unidos están seducidos por aquella, pero cuando es por imposición, no es unión; entonces, la fuerza se dedica a mantener la fachada mientras que la casa que está tras ella, donde deberían de vivir y ser felices las personas, se convierte en una ruina a pasos agigantados.

La Europa de la democracia convive con ello. Hasta en Alemania, país con un tremendo pasado que vive hoy dentro del culto a la democracia con un «nunca jamás» en su mente, ofreciendo un ejemplo de consistencia para el compromiso, la cooperación, la cultura, dinamismo económico, garante de la paz y valores del continente, resuena nuevamente la alarma del avance (como recientemente en Francia) de la ultraderecha xenófoba bajo las siglas AfD. Por otra parte, instituciones que loan la democracia, la paz, la reputación inmaculada y los valores científicos o más elevados, como el jurado de los premios Nobel, ponen al descubierto que no son infalibles al valorar la honestidad de quien merece ser distinguido por su acción política a favor de la paz y convivencia; la prueba es Aung San Suu Kyi, Premio Nobel de la Paz, que miente cínicamente ante lo que sucede bajo sus ojos con la población rohingya.

En suma, sin un proyecto que proteja respetuosamente a las personas y las ilusione con un objetivo y autoridad común, sin una política honesta, clara y no opresora, la Europa democrática y los países que la configuran pueden retroceder ante los fantasmas de un pasado, en manos del cinismo, la mentira e intolerancia.

Fotos

Vídeos