LA REDADA

MANUEL ALCÁNTARA

Los que eran líderes son ahora reclusos. «Aprended flores de mí, lo que va de ayer a hoy, que ayer maravilla fui y hoy sombre mía no soy». La prisión incondicional, como su nombre indica, no requiere que se den las circunstancias. Le basta con las sospechas. Ya hay siete exconsejeros en chirona sin fianza, porque el Gobierno no se fía de ellos. Hasta los carceleros saben que la primera obligación de cualquier preso es fugarse, porque han tenido muchos clientes vistos y no vistos, incluso vistos para sentencia que no esperaron la respuesta de la justicia y se adelantaron a la venerable señora a la que pintan con dos platillos, pero sin ningún bombo. Ya Bertolt Brecht dijo que muchos jueces son tan absolutamente incorruptibles que nadie puede inducirles a hacer justicia. Oriol Junqueras está acusado de rebelión, sedición y malversación. La juez de la Audiencia Nacional Carmen Lamela dice que su disparatada acción de alentar el separatismo no fue fruto de ninguna rabieta, sino de la rabia acumulada por los secesionistas. Basta asomarse a la turbia historia del separatismo catalán para saber que esa dolencia es contagiosa y, además, incurable. España entera, no sólo esa parte de la que estuvimos orgullosos todos, está entrampada y si se prolonga la tensión política puede sufrir un infarto.

La crisis de nunca acabar puede suponer un destrozo de más de 27.000 millones, según los cálculos de los expertos del Banco de España. El dinero, que sigue siendo un vagabundo, se ha ido a otra parte tañendo su flautín de avena y todos los insensatos, entre los que me encuentro, hablamos de la redada y de la petición de captura de Puigdemont. Esa extraña criatura, hostil a la peluquería, que responde a los periodistas extranjeros, pero no a la justicia española.

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