Lo realmente difícil

El ascenso de las ideologías populistas tiene que ver, antes de nada, con una fundamental ignorancia

JUAN GÓMEZ-JURADO

Lleva siglos de moda entender lo que nos rodea como un constructo, una realidad percibida por el espectador, o, aún peor, condicionada por el mismo. Cuando la realidad no es independiente al observador, basta con que alguien particularmente avispado tenga un micrófono particularmente grande para que un enorme rebaño empiece a ver el cielo verde.

Sin embargo, a la hora de mirar la realidad, es el propio ser humano, y más concretamente sus capacidades, el límite de la poiesis, del proceso de creación. Podemos sentar a un constructivista frente a un clavo que asoma en un madero, sin otra cosa que sus pulgares para hundirlo, y disfrutaremos de toda clase de disertaciones sobre la naturaleza del clavo y la conveniencia de hundirlo. Conoceremos la visión del constructivista sobre el origen de la madera, que quizás no sea una madera sino otra cosa muy distinta. Descubriremos lo hermoso que sería tener muchos más clavos, o quizás lo terrible que es mancillar la santidad de la viga con un ofensivo cuerpo metálico. Todo ello durante horas, sin que el clavo avance un solo milímetro dentro de la madera.

O podemos poner a un realista con un martillo y esperar unos segundos a ver cuál es el resultado.

El preocupante ascenso de las ideologías populistas de todo signo en el mundo occidental tiene que ver, antes que nada, con una fundamental ignorancia y una debilidad de carácter frecuente en la naturaleza humana.

La debilidad es sencilla de localizar. Ante cualquier crisis, el individuo deposita en muchas ocasiones el origen del mal que le acecha fuera de los límites de su alcance. Levanta una empalizada justo delante del problema, enciende las antorchas y permanente dentro de la luz que desprenden, creando sombras alargadas en el exterior a las que es fácil convertir en depredadores de dientes afilados. Una vez identificados y nominados estos monstruos, el individuo se gira, antorcha en mano, hacia una autoridad superior a la que se le atribuyen poderes sobrenaturales. El individuo exige que se acabe con los monstruos, y ya de paso no quedarse calvo o que dejen de olerle los pies. Eso es lo fácil.

Lo difícil, lo verdaderamente difícil, es salir adelante sin quejarse, por los propios medios. Dando el callo, haciendo. Lanzándose a la vida sin una red de seguridad, sabiendo que la vida es precisamente eso. Si algo tenemos claro sobre la existencia es que nadie sale vivo de ella, así que mejor arriesgarse, vivir, hacer. Hay sufrimientos que se deben paliar y gente a la que es imprescindible ayudar, no cabe duda. Pero quizás como sociedad nos fuera mucho mejor si aprendiéramos, antes de nada, a ser buenos individuos, de los que saben que la revolución no empieza en un Congreso sino en el metro cuadrado que tienes delante. Pero claro, eso es verdaderamente difícil.

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