La razón de las mujeres

El 8 de marzo más reivindicativo intenta visualizar focos de desigualdad que atentan contra los derechos de la mitad de la población

La intrahistoria del periodismo no es demasiado diferente a la de otros oficios. Es ésta una profesión con una notable presencia femenina en las redacciones, en los departamentos de publicidad o marketing, en las áreas financieras o de relaciones humanas... Pero hasta ahí. La presencia de la mujer en los puestos de alta responsabilidad, en las mesas de decisión, en los despachos donde se cuece un producto tan necesario de múltiples puntos de vista tanto en las reflexiones como en las decisiones inmediatas, es infinitamente menor a lo que correspondería por lógica y por pura estadística. Pero, sobre todo y ante todo, por la evidencia de que las periodistas son profesionalmente tan capaces como sus compañeros varones. La presencia femenina en la redacción de Diario LA RIOJA es notable en número y sobresaliente en calidad. Mas ni por lo cuantitativo ni por lo cualitativo se da una correspondencia directa con su participación en las áreas de decisión. El periódico de hoy, 8 de marzo, sin embargo, está ideado, gestado y dirigido por ellas, por las periodistas de esta casa. No se trata de un juego caprichoso ni de un juego de cara a la galería. Se trata de una decisión sincera y adoptada desde el convencimiento de que ellas, como nadie, serían capaces de trasladar a los lectores la trascedencia de un día como el de hoy, un día con visos de ser histórico, un día cargado de razones para que las mujeres tomen la palabra. Porque resulta inadmisible que la mitad de la población sea discriminada de una u otra forma por razones de género. Que la igualdad real y efectiva entre hombres y mujeres no solo esté muy lejos de hacerse realidad, sino que parezca una exigencia revolucionaria cuando debería ser el principio básico sobre el que pivota una sociedad democrática. Que en pleno siglo XXI persista un mundo dominado por varones en el que estos imponen una visión masculina mientras son pisoteados los derechos, la dignidad y la libertad de millones de mujeres. Porque un mínimo sentido de la justicia y de la ética impone actuar con la máxima diligencia para remover los resortes que hacen posible una situación tan intolerable. Por todo ello, la movilización feminista (y femenina) que alzará hoy la voz está cargada de razones. El 8 de marzo de este año es más reivindicativo que nunca. Un clamor contra la desigualdad, el acoso y la violencia que sufren las mujeres. Y a favor del reconocimiento de su papel en la sociedad. La jornada de protesta intenta visualizar cómo sería un mundo sin mujeres y de reflejar un hartazgo que, con toda lógica, empieza a rebosar su paciencia. Les sobran motivos. La brecha salarial que sufren es injustificable. Una discriminación económica que oculta otra mucho más aguda de índole social. Porque las diferencias en las nóminas no tienen su origen, por lo general, en un convenio aplicado con criterios sexistas, lo que sería ilegal, sino en un injusto reparto de papeles que sobrevive desde hace décadas. En una conciliación en la que la atención de los hijos y de los mayores sigue siendo una tarea casi exclusivamente femenina. Y en unos techos de cristal todavía bien visibles, que frenan su ascenso profesional aunque tengan una valía más que demostrada.

Atajar la brecha salarial y sus causas de fondo es un reto de enorme complejidad, pero inaplazable. Como combatir con mayor eficacia la violencia de género. Y declarar la guerra a los abusos sexuales, acosos o humillaciones. La justicia de las demandas femeninas, razonables y ambiciosas a la vez, es tan poco discutible como la necesidad de una educación en la igualdad que erradique desde la infancia los micromachismos del día a día e impida que vayan a mayores. Pero la lucha por la igualdad no es solo cuestión de mujeres. También requiere una concienciación de los hombres de que ese camino, aparte de inevitable, es el más idóneo para construir una sociedad mejor.

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