Rajoy y el 1 de octubre

Lo arduo no es pues tanto preservar la unidad cuanto hacerlo con rigor jurídico y delicadeza política

El presidente del Gobierno es sin duda consciente de que se enfrenta al problema más arduo que ha tenido que acometer un jefe del Ejecutivo desde el inicio de la democracia, con la única excepción del 23-F: el conflicto catalán requiere una sutil mezcla de flexibilidad y firmeza porque, si de un lado es inimaginable que salgan adelante las tesis de quienes desafían la legalidad desde una posición claramente minoritaria, de otro lado es necesario que el asunto se resuelva de la manera más incruenta posible, para que no se abran heridas todavía más profundas y para que los sediciosos no puedan utilizar maliciosamente el argumento de una presión excesiva para justificar su réplica virulenta y falaz. Pese a la osadía de los soberanistas, el dilema no es en realidad tal, ya que el Estado no puede contemplar siquiera la opción de la ruptura. Lo arduo no es pues tanto preservar la unidad cuanto hacerlo con rigor jurídico y delicadeza política. En esta hora, y a medida que se aproxima la fecha señalada del 1-O, el crédito de Rajoy pasa por la no celebración del referéndum, por la evitación de que tenga lugar otro 9-N de 2014, que, aunque inútil en la práctica, puso en evidencia a las instituciones. Y este objetivo ha de lograrse preventivamente, para evitar la crispación que generaría la presencia de la fuerza pública en los colegios electorales el día de autos. No parece fácil el designio gubernamental, porque el soberanismo, apoyado en las asociaciones civiles y en los aparatos municipales, ha tendido una red conspirativa aparentemente eficaz. Pero lo importante es tener presente que tanto si se impide completamente el referéndum como si la tentativa tiene éxito en algunas localidades, el problema de fondo será el mismo y el 2 de octubre habrá que empezar a resolverlo. No sólo con unas elecciones autonómicas, que parecen inevitables en cualquier caso, sino también mediante la apertura de un proceso de diálogo entre todos los sectores moderados que estén dispuestos a sentarse a hablar, y que estarán presionados por una opinión pública harta de vivir en este insoportable clima de tensión que dura ya años. En este sentido, Rajoy, que ha conducido atinadamente el proceso con proporcionalidad y prudencia, tendrá que encabezar también la fase de diálogo y negociación, que le es menos grata pero que dará la medida de su verdadera talla política.

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