SE QUEDA

PABLO GARCÍA-MANCHA

Como me dicen que soy de derechas intento apuntalar en cada pensamiento en qué consiste ser de izquierdas para darme una respuesta cabal a todo lo que intento pensar; ya que al ser de derechas, mis ideas no surgen de forma espontánea, sino que requieren de un sórdido esfuerzo de concentración para lograr algo medianamente plausible. La izquierda, sin embargo, cavila con una naturalidad asombrosa. Es más, se diría que todo lo que sale de su cerebro común supera los límites de lo establecido para abrirse a nuevos campos donde habita la más depurada de las razones. Entre ellas, la razón moral, que es sin duda el más alto principio de la virtud del hombre nuevo, del Leviatán de dos cabezas, las de Pedro y Pablo, depositarios en exclusiva del progresismo, la bondad y la plurinacionalidad, aunque no se sabe muy bien en qué orden. La depuración más exacta de esta corriente filosófica, lo que une a todos como un solo hombre, es que las maldades de la sociedad contemporánea se resumen en el PP y en los toros. Mariano, que de torero tiene poco, sabe lo que no dice y lo que dice lo esconde en chascarrillos de casino. Los toros no, ellos triscan trigo molturado en la dehesa a la espera de que en Baleares les hagan un control antidopaje dos muchachotes del Pacma. Mariano, entonces, se pone más gallego que riojano y sonríe mientras Pablo y Pedro se disputan el cetro, que no el centro, porque todo el mundo sabe que el centro no es una idea, es un negocio ávido de comisiones y sueldos vitalicios. España es de izquierdas, no cabe duda. Un país que se debate cada día entre si es o no es; si es una nación, una ínsula, una novela de Arturo Pérez Reverte o un vestido de Cospedal. Idos ya que Neymar se queda.

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