Puigdemont, rendido

El expresident pone en evidencia la debilidad del independentismo, que habrá de optar entre otro candidato o nuevas elecciones

El mensaje de Carles Puigdemont a su exconsejero Toni Comín reveló ayer, en toda su crudeza, la extrema debilidad del proyecto independentista. Las confesiones de quien la víspera se postulaba como «único candidato posible» son demoledoras. Tanto para su impostado liderazgo como para la voluntarista cohesión que venía manteniendo el independentismo. Resulta elocuente que, tras publicarse afirmaciones como «esto se ha acabado», «yo ya estoy sacrificado» o «el plan de Moncloa triunfa» en boca del expresidente de la Generalitat autoexiliado, los portavoces de su propio partido y de ERC rehusasen hacer declaraciones. La Cataluña oficial se enfrenta a una disyuntiva: o el presidente del Parlamento, Roger Torrent, procede de inmediato a una nueva ronda de consultas con los grupos para ofrecer a la Cámara un candidato alternativo al frente de la Generalitat o el mantenimiento de Puigdemont como referencia simbólica abocará a unas nuevas elecciones. Desde el 27 de octubre los secesionistas han protagonizado sucesivos cambios de papeles entre ellos como consecuencia de su disputa interna. ERC disuadió al Puigdemont presidente de convocar elecciones autonómicas por iniciativa propia, lo que derivó en la declaración unilateral de independencia y el 155. Pero, en esa permanente liza por la autenticidad a que obliga el rupturismo, el expresidente optó por superar en radicalidad a quienes le impidieron someterse al principio de realidad jurídica y judicial. El autoexilio de Puigdemont rentó el 21-D a su candidatura mucho más que la cárcel de Junqueras a ERC. Sustraerse a la acción de la Justicia se demostró más épico electoralmente que someterse a una orden de prisión provisional. El martes todo se vino abajo cuando Puigdemont, que había confiado a Comín su representación en un acto público, le envió mensajes de rendición en su lucha contra la realidad porque Torrent había aplazado el pleno de investidura. Su contenido reviste tal interés general que parece ridícula cualquier demanda judicial en defensa de la intimidad. El independentismo tratará de reponerse unitariamente a tan clamorosa puesta en evidencia. Pero está obligado a retratarse ya: u ofrece otro candidato o se inclina por una nueva convocatoria electoral.

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