Puigdemont quiere un selfie

Vive el drama del separatismo con la ligereza de una excursión al Canigó

JUAN CARLOS VILORIA

La presentación de la ley de referéndum que los independentistas catalanes proyectan como piedra angular del 'procés' ha dejado al descubierto una miseria jurídico legal que perjudica severamente el prestigio ya muy dañado de los políticos soberanistas. En lugar de sentar unas bases mínimamente sólidas con que defender de cara al futuro el derecho de un territorio a plantear su separación del conjunto, fijando garantías, plazos, mayorías vinculantes, fronteras, periodos transitorios o reparto del patrimonio común, han resuelto la papeleta con dos máximas inaceptables en cualquier institución nacional o internacional. Una: que la mencionada ley es suprema y prevalece sobre cualquier otra del rango que sea. Y dos: que el resultado será vinculante sin tener en cuenta el nivel de participación de los catalanes. La dimensión de la chapuza legal es de tal magnitud que indica la nula voluntad de realizarlo. Es simplemente un gesto para llegar al 1 de octubre y que ese día el president saliente, Puigdemont, se haga un selfie con una urna vacía y pueda decir a su 'pueblo' : «Hasta aquí puedo leer. Yo ya he cumplido. Y me vuelvo a Girona con mi familia, que ya os avisé». Un selfie para la historia. Un mojón más en la epopeya del victimismo nacionalista. Un selfie donde no estará el conseller fulminado por dudar del referéndum. (Yo diría que por contar lo que había oído en los consejos del Govern, donde dudan casi todos). Pero cualquier relato inventado hay que mantenerlo hasta el final. Así que por encima del derecho a dudar y, sobre todo, el derecho a expresarse, se impuso el autoritarismo absolutista de que está impregnado este duopolio de Junts pel si. En el país del derecho a decidir no rige el derecho a decir. Todo tiene un aire a selfie. A vivir el instante y poder recordar: yo estuve allí. Igual de efímero, igual de ombliguista. Una foto para contarlo más que para vivirlo. Esto no es una excursión de nacionalistas por el Canigó. Esto es una de las cosas más serias que se han perpetrado desde que logramos la democracia. Como dice Michel Ignatieff, uno de los analistas políticos más brillantes: «La secesión es el peor pecado que se puede cometer en tiempos de paz». Con un 47,8% de los votos en las últimas elecciones, el sector independentista de Cataluña pretende obligar a todo el país a tomar decisiones irrevocables en materia de identidad. Es de una frivolidad asombrosa. Hay que dar un vistazo al caso de Quebec donde más se ha trabajado en las dificultades sociales políticas y legales que provoca el deseo de una parte de separarse del resto para entender la ligereza con la que están actuando los políticos independentistas catalanes. Después de dos referéndums traumáticos para Canadá, el Tribunal Supremo y las cámaras construyeron la Ley de Claridad. Un ejemplo de rigor y seriedad ante el secesionismo. Aquí de momento han ejecutado la 'Ley de Oscuridad'.

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