Puigdemont, mando a distancia

Su renuncia a repetir como presidente de la Generalitat no impide la creación de un poder bicéfalo en Cataluña

El expresidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, anunció ayer su «renuncia de manera provisional» a repetir en el cargo y designó al número dos de la candidatura de Junts per Catalunya, Jordi Sánchez, para la investidura. Lejos de dar un paso a un lado, la decisión refleja la obstinación de Puigdemont en seguir al mando a distancia de la mayoría parlamentaria independentista al establecer en Waterloo un Consejo de la República mientras da su plácet para la constitución de un Gobierno autonómico. No se trata solo de un diseño bicéfalo del poder partidario secesionista, sino del propósito de solapar las instituciones de la Generalitat bajo la égida de un impulso rupturista pilotado desde Bélgica en nombre del 'legitimismo'. Además, se da la circunstancia de que la candidatura de Sánchez, quien se encuentra en prisión provisional, previsiblemente tampoco se hará efectiva ante la probable, y discutible, negativa del juez a concederle permiso para asistir en persona al pleno del Parlamento. El diseño del liderazgo independentista que ayer expuso Puigdemont no solo resulta demencial y ajeno a la legítima constitución de las instituciones democráticas. Se suma al caótico ensimismamiento en que se mueve el independentismo, con evidentes dificultades para conciliar los distintos intereses y posiciones. Lo que sitúa a Junts per Catalunya y, sobre todo, a ERC a merced de la tenaza que conforman Puigdemont y la CUP. De manera que la trabajosa unidad del independentismo amenaza con absorber todas las energías de sus integrantes, mientras el doble juego entre Waterloo y el Palau de la Generalitat se convierte en un factor añadido de inestabilidad, desconcierto e incertidumbre, con el Ejecutivo autonómico convertido en administrador de los designios movilizadores de Puigdemont. El independentismo se está tomando su tiempo para ponerse de acuerdo internamente, posponiendo el momento de la investidura y justificando así el mantenimiento del 155. Por una parte, simula alentar entre sus bases la visión de que el proceso independentista se reanuda bajo las directrices de Puigdemont. Por la otra, paraliza la puesta en marcha de las instituciones bajo una mezcla agotadora de opacidad y juegos de palabras. Aunque lo más relevante es que la crisis permanente en que vive el secesionismo perpetúa el ninguneo sin miramientos de la mitad no independentista de Cataluña, como volvió a demostrarse ayer en el Parlamento autonómico.

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