Profeta

El delirio independentista ha demostrado que la falsedad funciona y que tendemos a creer lo que nos apetece

JOSÉ MARÍA ROMERA

Buena parte de nuestras limitaciones a la hora de acercarnos al tan ansiado diálogo proviene de la dificultad de precisar los temas y los interlocutores. Pedimos dialogar cuando no sabemos de qué hablar ni con quiénes hacerlo. Si algo nos ha demostrado el delirante espectáculo de estas semanas es nuestra incapacidad para atenernos a un principio de realidad que establece como primera condición la unanimidad de las descripciones y de las narraciones. ¿Cómo aspirar a algo que se parezca, aunque sea remotamente, a un acuerdo si ni siquiera coincidimos en la identificación de los rasgos que nos definen? No es Puigdemont el único en traicionar la realidad al hablar de un «pueblo catalán» cuyo contorno es desmentido no solo por la sociología sino por la simple observación superficial. Unos y otros abordamos el problema con descripciones deformadas, construidas mediante la selección de los elementos que favorecen nuestras respectivas versiones. El relato total es sustituido por una suma de vídeos anecdóticos, fragmentarios y hasta directamente trucados. Los recuentos huyen del rigor matemático para convertirse en meras operaciones de contabilidad emocional o de literatura fantástica. Las reglas del juego escapan del consenso y se dispersan fuera de control por los senderos de la conveniencia. Si alguno no sabía en qué consiste la tan cacareada postverdad, aquí la tiene delante de sus narices: es este hipermercado de informaciones múltiples y de poco fiar que nos permite elegir aquellas que mejor se acomoden a nuestras intenciones, las que nos afirmen en nuestros prejuicios, las que encajen en las conveniencias de cada parte. Al observador que conserve aún cierta capacidad para elevarse sobre el detalle le asalta con frecuencia la tentación de pensar si no estaremos ante un experimento de laboratorio en el que se esté poniendo a prueba la tolerancia de las sociedades a la manipulación de la realidad que les rodea. El delirio independentista ha demostrado que la falsedad funciona y que tendemos a creer lo que nos apetece sin antes verificar si es cierto o falso. «Lo ideal sería -escribió aquel lúcido catalán que fue Josep Pla- poderse situar frente a los hechos como frente a una montaña, frente al mar» para poder describirlos fríamente. Pero se ve que no estamos diseñados para buscar la verdad, sino para sobrevivir aferrándonos a aquello que nos proporciona más calor aunque no por ello más luz. Esa precariedad aleatoria de los relatos, sin embargo, no les quita fuerza ni está reñida con su potencial destructivo. Sorprende que en una época como esta en la que disponemos de herramientas tan poderosas para la descripción de la realidad objetiva, desde los registros de datos masivos hasta el número ilimitado de canales de información, nuestras opiniones se sustenten en bases ficticias. Pero quizá sea el signo de los tiempos y Puigdemont, quién sabe, su nuevo profeta.

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