PRIMERA DIVISIÓN

PÍO GARCÍA - LOCO POR INCORDIAR

El Girona Fútbol Club acaba de ascender. Por primera vez en sus 86 años de historia, el equipo rojiblanco se dará el gustazo de recibir en el venerable estadio de Montilivi, con capacidad para 9.200 espectadores, a la aristocracia del balompié español. ¡Ah, qué estupendo sería ganarle en casa al Real Madrid! Los aficionados gerundenses celebraron la gesta como corresponde: con confeti, fiesta grande, flamear de banderolas y recepción de las autoridades. El presidente de la Generalitat, antiguo alcalde de la ciudad y conspicuo seguidor del equipo, reaccionó alborozado y recibió como regalo una camiseta rojiblanca con el número uno y su nombre («Puigdemont») serigrafiado en la espalda.

Bien.

El Girona FC acaba de ascender a la Primera División de la Liga española. Según la retórica independentista, que comparten Puigdemont y muchos de sus aficionados, el 2 de octubre, tras la celebración del referéndum, Cataluña se separará de España. Por pura lógica, ese mismo día el Girona FC debería abandonar la liga común -y desde luego la Copa del Rey- para montar una competición particular, sin el glamur del Real Madrid, el Sevilla o el Valencia, pero con admirables clubes patriotas como el Mollerusa o el Esplugas de Francolí (y el FC Barcelona, por supuesto). ¿A qué venía entonces tanto alborozo? ¿No se toman en serio la secesión o acaso pretenden independizarse solo un poquito, en lo que venga bien?

El fútbol parece una cosa menor -y quizá lo sea-, pero acaba convirtiéndose una metáfora cabal de los efectos del nacionalismo: en el fondo todos sabemos que, por separado, seremos mucho más pobres, más pueblerinos, menos interesantes, peores.

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