El presidente sionista

ENRIQUE VÁZQUEZ

Ya ha pasado un mes desde que Trump dejó estupefacto al mundo político y diplomático con su anuncio de que los EE UU reconocen a Jerusalén como la genuina capital de Israel y trasladarán en su día allí su embajada que, como todas, está en Tel Aviv. El anuncio sorprendió porque es una verdad oficial en Washington que su yerno, Jared Kushner, dirige un equipo encargado de poner a punto un plan de paz con los palestinos y la noticia equivalía a un torpedo en la línea de flotación del pretendido proyecto. El anuncio era solo parte de un plan puesto a punto con la parte israelí que la semana pasada lo complementó con una ley sobre la ciudad santa que hace virtualmente imposible para cualquier gobierno devolver a los palestinos la parte de Jerusalén ocupada en 1967 por los israelíes. Sobra decir que el gobierno Trump no se ha inmutado por la inmediata reacción del mundo al completo: el Consejo de Seguridad de la ONU emitió una resolución firmada por todos sus miembros que reiteró en términos netos su compromiso con una negociación que incluye la restitución de Jerusalén-este a la parte palestina, lo que siempre se ha entendido como indispensable incluso en Washington con gobiernos de todos los colores.

La decisión de la Knesset (el parlamento israelí) se ha subido, pues, al carro de la militancia pro-sionista de la familia Trump, un estado de ánimo que el Departamento de Estado está lejos de respaldar. El propio titular de la cartera, Rex Tillerson, no abre la boca y parece haberse rendido al hecho de que Israel y sus necesidades son cosa del clan Trump, lleno de judíos sionistas radicales. Este es, pues, el escenario cuando la administración USA va a cumplir un año de vida, tiempo en el cual ha dado satisfacción a Israel prácticamente en todo y singularmente ha sabido crear el marco diplomático adecuado al efecto. Se explica ahora muy bien, por ejemplo, por qué Nikki Haley fue nombrada embajadora en las Naciones Unidas: es pro-sionista sin tacha y su entusiasmo es incluso físico: se enfada mucho con sus contradictores, no entiende cómo el mundo no da las gracias a diario a los EE UU y está preparando la retirada de Washington de varios campos cruciales de la ONU, empezando por la agencia para los refugiados, UNRWA. Y mejor aún se explica por qué el embajador norteamericano en Israel, David M. Friedman, y el representante presidencial para negociaciones internacionales y asesor sobre Israel, Jason Greenblatt, son judíos norteamericanos.

Es seguro que tal conducta no solo no arreglará el grave problema y que lo agravará sin duda. Por ejemplo: Arabia Saudí entregada de brazos abiertos a la compañía y la protección de Washington en su nuevo papel de gran gendarme árabe del Golfo frente a la potencia imparable de Irán no puede asumir la complicidad norteamericana con un gesto que, entre otras cosas dejaría bajo control judeo-sionista los santos lugares musulmanes de Jerusalén, empezando por la Cúpula de la Roca. Sencillamente... inimaginable.

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