PREFIERO UN CENICEROS

PABLO ÁLVAREZ

En este año que termina mañana he sentido en muchos momentos que era afortunado. No en todos, que la vida es muy perra y a uno le pasan demasiadas cosas como para que quepan en una columna, aunque ésta sea semanal.

Pero no, lo de sentirme afortunado es básicamente por algo bastante aleatorio: eso de haber nacido en La Rioja.

No es que ser riojano, sueco o moldavo sea motivo suficiente como para estar orgulloso, no me entiendan mal. Raro orgullo es el que uno siente por algo de lo que no es responsable, como haber nacido en un lado u otro de una raya. No llego a orgulloso, pues, pero sí me siento afortunado.

Afortunado de vivir en una tierra en la que el presidente se llame Ceniceros y la alcaldesa Gamarra, y no por ser quienes son, sino por quienes no son: ni Puigdemont, ni Colau. Orgulloso de que por aquí no nos estemos dando de cabeza contra una bandera, sino contra las cosas del mal vivir, que ya son. Orgullosos de tener una tierra en mitad de nada, e incluso de que, a nada que se aleje uno, ve una fugaz duda geográfica aparecer en cuanto dice que es «de Logroño».

No me enorgullece tener una bandera ni un himno ni una historia de mil años, sino lo contrario: no tenerla. O, mejor dicho, tenerla pero sin hacer que esa historia nos sirva para trazar rayas ni decir estupideces.

Leo en las redes sociales como muchos (muchos) catalanes independentistas se refieren a los votantes de 'los otros' con una palabra vergonzosa: «colonos». Gente que aunque haya nacido allí es de fuera, y no merece el carné. Y me digo: que bien tener un Ceniceros y no un Puigdemont. Aunque sea más aburrido.

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