PRECIOS Y SALARIOS

MARÍA JOSÉ GONZÁLEZ - EL TRAGALUZ

Apriori, la inflación se podría entender positiva porque su existencia indica crecimiento económico y consumo. Sin embargo, se trata del 'impuesto' más perverso que hay, dado que el precio de los bienes y servicios se encarece por igual tanto para las rentas potentes como para las débiles, lo que es una injusticia. Que a un tipo que ingresa 60.000 euros anuales, por poner una cifra, los precios se encarezcan seis décimas, como ocurrió el año pasado en La Rioja, no le hace temblar el pulso. Pero ¡ay del mileurista raspado! o, aún peor, ¡del seiscientoeurista! A esos, la inflación les hace la pascua, aun medida por décimas. Y no hablemos de los pensionistas, que llevan cuatro años sumando el 0,25% a sus nóminas, ya que en el 2013 se desligó la revalorización de sus prestaciones de la inflación, de igual forma que la reforma laboral hizo con los convenios colectivos. Así que uno ya se puede hacer una idea de la variedad de bolsillos que se ven afectados por el alza de precios por discreta que sea.

Desde el inicio de la crisis, la vida se ha encarecido para los riojanos el 10,9% ligeramente por debajo de la ratio nacional (11,4%). Pero los sueldos no han avanzado en igual medida, ni de lejos, y el empleo que se crea se basa en salarios bajos, devaluación salarial que permite recuperar la competitividad, pero que tiene consecuencias perniciosas para la distribución de la riqueza. La recuperación económica no se está trasladando a las rentas del trabajo y, lo que es más preocupante: a sueldos más bajos, irremediablemente, bases de cotización más bajas, lo que merma los ingresos de un sistema deficitario, condenado a esquilmar sus reservas y a utilizar recursos ajenos como préstamos del Tesoro.

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