El precio simbólico

BERNARDO SÁNCHEZ

Lo simbólico, si no se hace de él un uso responsable, como con los fármacos y con el verso endecasílabo, es devastador. De palabra y de obra. Lo simbólico puede sabotear la vida cotidiana: servicios, horarios, grandes superficies, semáforos, citas médicas. Manipulado a conciencia, se convierte en un arma retórica de destrucción masiva, o de retórica masiva, o de masa retórica. Dicho de otro modo: un símbolo es más que un club. Y no se encuentra en la nube, no. Se aplica. Su aplicación es subcutánea. Cala. Y tiene efectos secundarios, incluso contraindicados. A sabiendas. La posología de lo simbólico puede ser tóxica. Quien vea en lo simbólico una mera licencia poética que se ande con cuidadín, como diría el maestro, porque un día te puedes encontrar con que, a causa de una huelga de apariencia simbólica, no puedes coger el cercanías para asistir a tu primera entrevista de trabajo, porque simbolismo, una batucada ha ocupado las vías del tren en tanto la chavalería grafitea el convoy varado. Lo simbólico-festivo no se arredra ante el mobiliario urbano, ni ante la red de transporte público, ni ante los protocolos de seguridad civil, ni ante los gastos de limpieza y mantenimiento, ni ante el espacio aéreo, ni ante las necesidades egoístas de cada cual, pues todo ello no son sino rémoras de la Constitución de 1978 y ésta una excrecencia del franquismo, como se enseña en la escuela simbólica. En cambio, el nuevo orden simbólico pertenece a un rango superior, de transitoriedad poética. Lo simbólico, practicado así, unilateralmente, es libre y gratuito. Una república guay. Ahora, si a usted se le ocurre cruzar de andén a anden en el Metro o en una Estación de ferrocaril, atravesando las vías por la bravas, por iniciativa propia, sin acogerse a simbolismo alguno (porque no sabe cómo funciona o, sencillamente, porque no puede pagárselo), pues le cae la del pulpo (que es una figura como medio metafórica, vale, lo reconozco, que equipara la acción de la ley sobre el infractor con la de golpear al octópodo para su posterior cocción). Por no decir si -sin salirnos de Barcelona- usted raya -sin querer- el coche del vecino en el garaje, o -por cosas diversas, todas ellas literales- no cumple con las cuotas de la Comunidad de propietarios, o se equivoca en la firma en un documento, o se salta el límite de velocidad, o invade el carril contrario, o -con o sin razón- le levanta la voz a un agente de la autoridad, o no paga la hipoteca, o no abona un impuesto. Serán consideradas, como mínimo, faltas o delitos, según, cuya reparación irá -e irá con apremio- desde la multa hasta el embargo pasando por el mal rato. Taca, taca. Y su tipificación, al situarse fuera de la órbita simbólica y de su vara de medir (tan rica en atenuantes y singularidades simbólicas), será de muy superior gravedad a, pongamos, provocar en grupo el colapso de los medios de comunicación terrestre de todo un país, la destrucción de bienes inmuebles, la conculcación de las leyes vigentes, la malversación de las arcas públicas, la desgobernanza sistémica, la alteración del orden público, la escisión irreparable (en décadas de tiempo material) de la población, la fuga de capitales (contantes y sonantes), la propalación de una farsa, la creación de un conflicto diplomático (y algo más que diplomático) internacional y así, resta y sigue, hasta el grotesco final, que -claro, bajo la misma óptica- puede ser considerado una victoria simbólica, una heroica, como aquella, hilarante, que tenía lugar ¡precisamente en Flandes!, en la película de Jacques Feyder. Si no fuera porque el grotesco es una forma de lo trágico. No hay que fiarse, en fin, de las bondades de lo simbólico. Porque unas palabras, una declaración, un acto, una movida, muy simbólico todo, señor juez, como unos juegos florales o la entrega de una placa, ya se ha visto, en que se traduce: en un proceso de escrache. Lo simbólico, por acción u omisión, es la ruina. ¿Te da cuen? Y sucede cuando lo 'simbólico', que etimológicamente significa lo que une, lo que asocia, lo que congrega, se convierte en su contrario, en lo 'diabólico', que es lo que divide, lo que disgrega, lo que separa.

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