A mí, póngame donde 'haiga'

ALONSO CHÁVARRI

En aquellos años sesenta del tardofranquismo, cuando la palabra libertad era sinónimo de degradación moral y quién la pronunciaba era una persona equivocada o bien de ideas disolventes y peligrosas; cuando pasear por un bulevar, más de tres, podía ser reunión ilegal y hasta el sincero amor era pecado -un buen amigo cometió la imprudencia de besar a su novia, en un banco del parque, y acabó en comisaría, hasta que su parentesco con un importante general le sacó del atolladero-, había dos clases de personas: las que podían esgrimir un carnet de camisa vieja -aunque nunca supe muy bien que era aquello-, una insignia de fidelidad al régimen, bajo la solapa, o cualquier título de filiación franquista... y los que no. Aunque casi todo el mundo mostraba su adhesión a los Principios Fundamentales del Movimiento Nacional -por obligación, pues para trabajar de funcionario o en empleos más o menos oficiales era obligatorio firmar la jura de dichos principios-, había quienes realmente eran adeptos y habían conseguido un 'status' en el régimen, aunque fuera de asistente de alguien de más arriba; estos eran los más atrevidos, pues, a la mínima, esgrimían su carnet, su insignia, bajo la solapa, o sus supuestos méritos como arma arrojadiza contra lo que fuera.

En un país como el nuestro, esto generó muchas triquiñuelas y era frecuente, en cualquier banal discusión de bar, que alguien moviese su solapa con rapidez, mostrando, sólo un instante, una insignia, que bien podía ser de su club de fútbol o de su ciudad, a la vez que decía: «No sabe usted con quien está hablando»; o que, en una vulgar refriega de tráfico o en las habituales peleas por un puesto en la cola del cine o del autobús, algún otro hiciese ademán de echarse la mano al bolsillo interior de la chaqueta, a la vez que decía: «Si le saco el carnet, se mea usted en los pantalones».

Sí, en aquella España en blanco y negro, un poco de charanga y pandereta, en la que muchísimos trabajos se conseguían por recomendación, aunque eso, en algunos casos, por desgracia todavía sigue sucediendo, circulaba el chiste, o tal vez fuera un ocurrido, pues en la viña del Padre hay de todo, de aquel que fue a su recomendador, para ver dónde lo podía colocar, y, tras plantearle, éste, varias posibilidades, el joven dijo al prohombre: «A mí póngame donde 'haiga', que de lo demás ya me encargaré yo».

Un buen chiste, si no fuera porque, en las últimas décadas, demasiada gente ha sido puesta donde había. Y no cabe duda, a tenor de las noticias de la UCO y de los tribunales, que de lo demás se encargaban ellos. Y con mucho provecho... para su desgracia.

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