Polonia a la deriva

El país más exitoso de la ampliación de 2004 sufre ahora una involución hacia el autoritarismo

Hasta ahora había sido posible mirar para otro lado. Pero en los últimos días Polonia se encuentra cada vez más lejos de cumplir los requisitos mínimos para ser un Estado de derecho. Las reformas judiciales propuestas esta semana por el Gobierno del partido Ley y Justicia permitirían al Ejecutivo controlar al Tribunal Supremo, por mucho que el presidente Duda escenifique una cierta discrepancia con Jaroslaw Kazynski, su jefe de filas. Si prosperan tales medidas, la independencia judicial pasaría a la historia, después de que el Tribunal Constitucional polaco también haya sido sometido a las preferencias del Gobierno sobre su composición. La libertad de prensa, la autonomía universitaria y el pluralismo político están igualmente bajo la amenaza del ejecutivo polaco, que entiende la democracia sin el componente liberal de pesos y contrapesos y el imprescindible sometimiento al Estado de Derecho. El problema para el resto de los europeos es mayúsculo. Polonia era hasta las elecciones de noviembre de 2015 el caso más exitoso de la ampliación de 2004.

Un país europeísta, dispuesto a modernizarse y a luchar contra la corrupción, hasta deseoso de convertirse en estrecho aliado de Alemania. Ahora se desliza hacia un régimen cuya legitimidad descansa solo en una invocación simplista del principio de mayoría. La Comisión Europea ha decidido por fin cumplir su función de guardiana de los Tratados europeos y ha anunciado que estudia aplicar el artículo 7, que podría llegar a suspender los derechos de pertenencia de Polonia a la UE, incluido el derecho de voto de sus representantes en Bruselas. Antes de lanzar esta auténtica 'bomba atómica' hay muchas opciones menos devastadoras y más eficaces en el arsenal jurídico e institucional del Ejecutivo europeo, desde un pleito por incumplimiento del Tratado a una revisión de los fondos europeos destinados a Polonia en el próximo presupuesto. A nadie se le escapa que el Gobierno polaco utiliza los apremios comunitarios para crear un enemigo externo y unir a sus votantes con un discurso hipernacionalista.

El Gobierno de Varsovia cuenta con el único apoyo en el continente del primer ministro húngaro, Viktor Orbán. Su otro gran aliado es Donald Trump, quien escogió visitar Varsovia antes que otras capitales comunitarias y pronunciar ahí su discurso sobre la necesidad de preservar lo que él entiende por civilización occidental, en cruda contraposición a la emigración y sin mencionar ni una sola vez el respeto a los mecanismos constitucionales que hacen funcionar a la democracia. El mismo país que desafió a la tiranía de la Unión Soviética y cuyo sindicato Solidaridad fue tan activo para acelerar su final, ahora sufre una involución hacia el autoritarismo. La Unión Europea tiene que acertar con sus medidas políticas, económicas y jurídicas, de modo que favorezca a los que dentro de Polonia salen a la calle en defensa del Estado de Derecho y las reglas del juego democrático.

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