La playa es nuestra

El supremacismo nacionalista catalán busca escenificar su propiedad sobre el territorio

JUAN CARLOS VILORIA @J_CVILORIA

En mayo de 1968, en París, cuando los estudiantes salieron a la calle, la consigna era: «Debajo de los adoquines está la playa». En Cataluña cuando el nacionalismo sale a la calle, debajo de la playa están los adoquines. No hay más que echar un vistazo a las imágenes de Canet, Llafranc, Calella, para percibir la tensión y violencia concentrada que está hirviendo en la olla catalana. Cuando el nacionalismo sale a la calle. Cuando deja la penumbra del hogar, la trastienda, el reservado, la biblioteca, y decide tomar la calle o la playa, se produce la revelación de su auténtica sustancia. O te sometes o te caen los adoquines.

El supremacismo esencial del nacionalismo como toda doctrina identitaria intenta materializar su dominio sobre la sociedad y el territorio. «Cataluña siempre será nuestra» dijo en una reciente sesión del Parlament Ernest Maragall (ERC). Esa campaña de colocar cruces amarillas, lazos y banderas independentistas primero en los balcones (ámbito privado), luego en las calles, después en ayuntamientos, instituciones, y finalmente en la playa, es el proceso de apropiación del territorio.

Más que reivindicación sobre presos o huidos es el avance de las bandas nacionalistas en la colonización y apropiación del espacio público. Durante años, silenciosamente, el nacionalismo ha ido parasitando la escuela, la universidad, las instituciones de todos, el Barça, la cultura, aprovechando el complejo y la apatía del resto de la sociedad y del Estado; y beneficiándose también de una falsa imagen de antifranquismo al que se apuntaron en el último momento de la Transición.

Pero en esta fase de exacerbación del procés a la independencia; en 'Los últimos cien metros' como dice en un libro el president Torra, han decidido tomar la playa. No les parece suficiente la confusión entre sociedad civil e instituciones políticas. La conversión a golpe idiomático y propagandístico de las instituciones de todos en el cortijo del nacionalismo (como por otra parte ha ocurrido también en Euskadi).

También pretenden trasladar al espacio público el supremacismo y el sentido de propiedad del territorio. Y si no te sumas es que no eres catalán o no lo suficiente. De hecho hasta los constitucionalistas más combativos entran en la trampa identitaria y se defienden afirmando: «Yo soy tan catalán como el que más».

La diferencia con otros tiempos es que ahora hay una mayor conciencia de los derechos individuales, del derecho a no sentirse acosado en la calle por el activismo hiperventilado de los nacionalistas. Se está perdiendo el complejo frente a quienes había construido un imaginario supremacista y victimista pese a ser los más privilegiados en la sociedad y en el conjunto de España.

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