SIN PERDÓN

MANUEL ALCÁNTARA

Que les perdone Dios, que dicen que todo lo puede, pero nosotros ni queremos ni podemos perdonar a la banda terrorista que asesinó a 853 personas, aunque ahora digan que lo sienten de veras. Tanto luto y tanto miedo no se corrigen diciendo que ya no lo van a hacer más, porque el pasado es irreparable. La rendición de la siniestra banda etarra ha llegado tarde y mal. No puede bastar a nadie que ahora digan eso de «disculpen las molestias». Ni disculpamos ni perdonamos a los terroristas que creyeron que algo se mejora pegándole un tiro en la nuca a quienes piensan de manera distinta. La parcelación de las víctimas es una broma macabra porque los muertos siguen muriendo, ya que no saben

hacer otra cosa. Para las asociaciones de familiares no son admisibles las disculpas selectivas, ni para millones de españoles. El lehendakari también se ha unido a estas críticas y condena la discriminación de los difuntos, que gozaban de una salud magnífica hasta el momento de ser tiroteados. Mientras, los obispos vascos también piden perdón por sus complicidades con ETA. Esto de distinguir entre las víctimas tiene la ventaja de que ellas no pueden protestar.

Lo mejor de las reuniones secretas es que acaban conociéndolas todos al rato. Reaparecen los problemas antiguos que son muy vistos, pero no para sentencia. «A Urdangarin no se le puede salvar ni se debe hacerlo». Eso concluyeron don Juan Carlos, Rajoy, Ruiz Gallardón y el fiscal Torres-Dulce. Contra el vicio de pedir, según la gente de la calles, está la virtud de no dar, ni siquiera de dar el golpe. Estamos en la época en la que los obispos vascos, reunidos, también piden perdón por sus complicidades con ETA. Hay aguas turbias que al pretender aclararlas lo enturbian todo un poco más. En eso estamos y hay víctimas que festejan su victoria.

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