Perdedor

A los niños hay que educarlos para que sean fuertes y felices. Lo uno y lo otro son indisolubles

JUAN GÓMEZ-JURADO

Voy a contarle una historia de terror, sobre todo si usted es madre o padre, así que mantenga la calma. La narraba antes de ayer el 'Miami Herald'. Es la historia de Kandy Scotto, una madre de Miami cuyo hijo no quería ir al colegio. A la inocente y feliz edad de cinco años, el colegio es un espacio de recreo sin obligaciones, de descubrimiento y de felicidad. Salvo por lo de levantarse pronto, todos los niños están deseando ir, y durante el verano lo echan de menos. Por eso la alarma de la señora Scotto al comprobar que el pequeño Aaron sentía miedo a ir a clase.

El chaval, que llegó a decir de sí mismo que era «un niño malo», no quería revelar el motivo de su miedo. Finalmente, y tras mucho insistir la madre, contó que no le gustaba nada lo que su profesora decía de él. La primera reacción de un padre sensato ante esta afirmación es un sano escepticismo proactivo. No acabar de creer al niño, pero nunca decirle que no le cree (gran error) ni tampoco asaltar el colegio en plan 'blitzkrieg' (enorme error).

La señora Scotto, practicando el escepticismo proactivo, pensó en recabar información. La única manera que se le ocurrió fue ocultar una grabadora en la mochila de Aaron, y eso hizo. Cuando el niño regresó del colegio y escuchó lo que había registrado el aparato, no se lo podía creer. La profesora llamaba al niño «perdedor», y se dirigía a él en términos completamente incorrectos, incluso debilitando la imagen y la autoridad de su madre: «Todavía no sabes escribir. No sé qué decirle a tu madre. Me está volviendo loca. Lo siento por tu madre, realmente lo siento. Está un poco perdida». La madre acudió a hablar con el director del colegio en numerosas ocasiones a raíz de la situación, aunque, como es por desgracia bastante común, no encontró ninguna ayuda por su parte hasta que destapó la historia en los medios de comunicación.

Todos los que tenemos a nuestro cargo una vida sentimos por ella un enorme, incontrolable, caudal de preocupación. Desde los enchufes de casa a Las Manadas que deambulan por ahí fuera, la existencia de los padres está llena de asechanzas. Pero una de las menos presentes y más aterradoras es un mal maestro. Y no me refiero a quien no sabe enseñar, me refiero al que es capaz de destrozar a un niño con una frase. Los hay. Yo me encontré con uno una vez. Cuando preguntaron qué queríamos ser de mayores -catorce años- y yo levanté la mano y dije: quiero ser escritor de novelas que se lean en todo el mundo. El profesor me dijo que me fuera buscando una carrera porque eso no iba a pasar. Pues bien, no le hice caso. Y pasó.

A los niños hay que educarlos para que sean fuertes y para que sean felices. Lo uno y lo otro son indisolubles. El único perdedor es el que no entiende que hacer a otro más fuerte no te convierte en débil.

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