La percepción del gorrión

FÉLIX CARIÑANOS

Seguro que en su vida ha pasado usted ratos estupendísimos. También puede ser cierto que recuerde un día por encima de todos los demás a causa de que contiene algún acontecimiento extraordinario que incluso perdura en la memoria de su familia. Ayer salió esta conversación durante un almuerzo en el que se halló presente un amigo de La Rioja Alavesa. Resulta que en su casa los hombres trabajaban propiamente a lo largo de todo el año en el campo, mientras las mujeres atendían el hogar y varios cochos que daban lustre a la economía doméstica.

Pero un año, durante la jornada de san Roque, que en el pueblo el personal dedicaba a pasadía desparramado por varias arboledas de la jurisdicción, ocurrió que la galera cargada de trigo aplastó al abuelo contra un guardacantón o piedra esquinera. El suceso fue interpretado en el seno de la familia como un castigo del cielo por haber faenado en la festividad del popular personaje, y nunca se volvió a trabajar en dicho día. Continuó contando el alavés que esa fecha se reafirmó posteriormente porque su padre fue el único soldado que se salvó de los que formaban una columna de muleros en la Guerra de Marruecos otro dieciséis de agosto.

Yo, por mi parte, mientras degustábamos unas sardinas asadas en sarmiento, narré que en nuestra familia jamás se laboraba el dieciséis de julio, fiesta de la Virgen del Carmen. Sucedió que mi abuelo Perico estuvo de tarea junto al Ebro, más o menos enfrente de Varea, para que usted se sitúe. Ya por la tarde, aparejó a Jardinero, macho al que llamaban así por mostrarse muy delicado en la selección de plantas y emprendió el regreso al pueblo. Bajaba un nublado muy negro desde Codés que descargó sobre Perico y Jardinero y soltó una chispa de luz que desmayó a mi antepasado. Faltaban para la población varios kilómetros, que el macho recorrió delicadamente hasta que golpeó con una mano en la puerta de casa. Gritó mi abuela, acudieron las vecinas, bajaron a Perico, lo introdujeron en la cama, dieron unas friegas de alcohol a Jardinero y allí se guardó fiesta siempre ese día.

Mi chica, que -cuando le parece- asiste a nuestros almuerzos, dice que se lo pasa pipa escuchando lo mismo a gente de campo que a quienes han recorrido mundo y les han ocurrido incidentes inverosímiles. «En medio de tanta noticia adversa, tenemos que fijarnos más en las positivas. Viviremos mejor», remacha. Luego me pregunta qué día de mi vida selecciono yo. No sé qué contestar porque soy muy soso para estas cosas. De pronto, me arranco y cuento a la concurrencia que desde hace más de un mes sobrevuelan mi barrio dos parejas de aguiluchos que tienen acojonados a los gorriones. Uno de estos suele ponerse a mi lado cuando salgo al balcón, probablemente para protegerse de la rapaz que lo avista desde la cercana antena de televisión. Ayer, probablemente para pagarme el rasgo de amistad, me dijo: «¡Qué pantaloneta más bonita llevas!». Mis compañeros de almuerzo se han carcajeado, pero Maite se ha limitado a expresar: «No sé de qué os reís. Hay días en que, afortunadamente, nos ocurren cosas maravillosas. Solamente hay que apreciarlas».

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