La pequeña Venecia

La pequeña 
Venecia

JULIO ARMAS

El 30 de mayo de 1498, seis naves castellanas salieron de Sanlúcar de Barrameda. En la nave capitana, el almirante Cristóbal Colón iniciaba su tercer viaje al continente americano. El 31 de julio, un marinero llamado Alonso Pérez, desde la cofa de su nave, dio el grito de ¡tierra! Habían llegado a la isla de Trinidad.

El 3 de agosto, dos meses después de dejar Sanlúcar, Cristóbal Colón pisaba por primera vez el continente americano (todos los descubrimientos anteriores habían sido insulares). El almirante, en su carta a los Reyes Católicos les informó haber llegado al 'Paraiso terrenal'. A estos parajes maravillosos los denominó 'Tierra de Gracia'.

Al año siguiente, una expedición comandada por el torrejoncillano Alonso de Ojeda, recorriendo las costas de aquel territorio, observó la existencia de unas viviendas indígenas erigidas sobre pilotes que sobresalían del agua. Aquellos palafitos, habitados por los indígenas 'añú', les recordaron a Venecia. Una Venecia en pequeñito. Venezuela.

He estado un par de veces en Venezuela. Afortunadamente ni con Chávez ni con Maduro. Un gran país. Una gran tierra. Un paraíso terrenal, como dijo el almirante. Tengo amigos en Venezuela, españoles unos, venezolanos otros. Entrañables amigos. Por ellos estoy más o menos enterado de la realidad de lo que allí está pasando.

No es el objetivo de este comentario averiguar cuál es el motivo de que ocurra lo que está ocurriendo. Tiempo habrá para hacerlo. Tampoco pienso que sea el momento de romper lo poco que todavía no está roto. Ni quiero, ni debo, escarnecer a sus gobernantes. Es innegable que todo gobierno medianamente democrático, si llega a una deslegitimación y fracaso parecido al que está viviendo Venezuela, debiera renunciar y convocar elecciones, pero tampoco en la situación que allí se está viviendo creo que hacer eso sea lo más urgente y eso a pesar de que el creciente sufrimiento de la gente está pidiendo a gritos: ¡cambio ya!

Algo tiene que cambiar y no seré yo, desde la distancia, quien diga lo que se ha de hacer; más fácil me resulta decir lo que no se puede seguir haciendo. No se puede seguir muriendo en las calles por mostrar un desencanto. No se puede vivir bajo la represión. En un país tan rico como Venezuela, en aquella 'Tierra de Gracia' que descubriera Colón, ni se puede, en pleno siglo XXI, morir de hambre ni, a causa de la ineptitud gubernamental, puede el pueblo estar sin medicinas. No se puede.

Para salir de este maremagno de confusiones y de despropósitos sin esperanzas, hace falta cuanto antes un gobierno nacional de transición. Es claro. Pero sería un grave error pensar en elecciones inmediatas porque antes que nada Venezuela necesita recibir el apoyo internacional, atender las emergencias humanitarias, involucrar a los empresarios en la recuperación industrial, atraer a los inversionistas, establecer garantías jurídicas y cientos de cosas más.

Está más que demostrado que en la mayoría de las ocasiones lo óptimo es enemigo de lo bueno y es por eso por lo que no creo que nada pueda conseguirse tirando al niño con el agua de bañarlo. Lo que hace falta es un nuevo gobierno que incluya a opositores y chavistas unidos en un esfuerzo de salvación nacional. ¿Quién le pone el cascabel al gato?

La alegría de Venezuela será inmensa cuando aparezca un gobierno de transición realmente plural, de gente honrada e inteligente unida en un programa político de interés superior: la salvación del país. Cuanto más se haga esperar, más grave y dolorosa se volverá la actual agonía. Agonía que, por lo que conozco a la 'Tierra de Gracia' del almirante, les puedo asegurar que ni el país ni sus habitantes se merecen. Créanme. Hasta el domingo que viene, si Dios quiere, y ya saben, no tengan miedo.

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