Pensemos en las pensiones

«Para pagar las pensiones no hay ningún problema, la organización social de la que nos hemos dotado es capaz de eso y de muchísimo más. Los recursos están ahí. La única cuestión es cómo se articula eso contablemente»

CARLOS ÁLVAREZ

Si quieres seguridad, tendrás que procurarte un plan de pensiones privado, habida cuenta la insostenibilidad del sistema público actual». Este es un mantra que llevamos años escuchando de altos responsables políticos, empresariales y funcionariales. Forum Filatélico, preferentes, fondos buitre, Bankia, Lehman Brothers..., sí, en efecto, los fondos privados dan auténtica seguridad, toda la seguridad que te puede dar el mercado. Si tu fondo peta va a ir luego Rita a rescatarte..., tras unos cuantos años arrastrándote por los juzgados. Que la seguridad te la da lo privado, no lo público, ¡bien, machote, págate una caña!

Nuestro sistema de pensiones no es de capitalización, sino de solidaridad. Yo no me dedico a ahorrar para tener dinerito dentro de unos años. Yo estoy pagando las pensiones de los jubilados de ahora. Y confío plenamente en que la sociedad pagará mi pensión cuando yo me jubile, como confío en que no estaremos en guerra o en que no seré víctima de una pandemia o de un maremoto.

Yo trabajo en una oficina desde hace más de 30 años. Cuando entré no teníamos ni ordenadores, qué te voy a contar de Internet... Para desarrollar el trabajo que yo hago ahora con los medios de entonces harían falta no menos de treinta personas, sin exagerar. Con darle a una tecla, en un segundo, puedo enviar miles de mensajes que entonces me habría costado meses (y donde pongo una oficina pon una fábrica o una mina). ¿Qué pasa con los veintinueve salarios que mi empresa se ahorra? Esa es la piedra angular de la lucha de clases: cómo se reparten los excedentes de la inmensa productividad y eficiencia que estamos alcanzando, en mejoras sociales y laborales o en una mayor acumulación de capital. Yo, como soy trabajador, lucharé por lo primero, pero lo segundo también es importante pues permite, entre otras cosas, financiar investigaciones que procuren una mayor eficiencia y, con ella, una vida más placentera.

Si hace treinta años había dos personas en activo por cada pensionista, al multiplicar por treinta la productividad hoy podría haber quince pensionistas por cada persona en activo. No es así, pero el margen que deja esta elevadísima productividad que estamos consiguiendo es enorme. Y ese incremento de productividad, lejos de frenarse, aumenta cada día más su ritmo de crecimiento. «¡Uuuuhhh, las pensiones están en peligro!». Mira, si alguien te vuelve a decir eso no creas ya que es alguien mal informado, simplemente se trata de una mala persona, de un cabrón con pintas. Para pagar las pensiones no hay ningún problema, la organización social de la que nos hemos dotado es capaz de eso y de muchísimo más. Los recursos están ahí. La única cuestión es cómo se articula eso contablemente.

Las rentas de trabajo cada vez suponen un porcentaje menor sobre el total de la economía. Las rentas inmobiliarias, empresariales, dividendos de acciones, intereses de deudas... y, especialmente, las rentas de operaciones especulativas han crecido mucho más que la masa salarial. Esa es una evolución histórica que se ha acelerado a partir de 2007.

Para hacernos cargo de las pensiones la medida más obvia, sensata y deseable sería crear más empleos y subir sustancialmente los salarios. A eso se niega ferozmente el poder económico. Pero no vamos a subir los porcentajes de cotización, eso sería trasvasar directamente rentas de salarios a rentas de pensiones. Poco inteligente, la verdad. Así que no nos quedaría más remedio que salirnos por la tangente: financiar parte de las pensiones a través de impuestos, ¿por qué no? Claro que si esos impuestos son el IVA y el IRPF, el dinero seguiría saliendo de las rentas de trabajo... ¡un pan como unas hostias! Habría que hacer simultáneamente que multinacionales y multimillonarios (que en España, como sabes, casi no cotizan) pagaran impuestos como todo el mundo. Pero eso, seguramente, es algo demasiado revolucionario, como parece que lo es la consabida tasa a las transacciones financieras.

Hay otra opción efectiva y a la vez didáctica: grabar con un impuesto a aquellos artilugios que eliminen directamente puestos de trabajo. Este es un debate que lleva tan solo dos siglos de retraso. Los luditas de primeros del diecinueve saboteaban las máquinas que echaban masivamente trabajadores a la calle. Con toda la admiración que me produce aquella gente, hay que reconocer que se trataba de una estrategia de perdedores. Si un surtidor de gasolina, un cajero automático, un robot... eliminan puestos de trabajo, que las cotizaciones a la Seguridad Social corran a cargo de estos artilugios.

Hay que repetirlo una y mil veces: hoy no hay ningún problema con las pensiones. Cuando haga falta ya se irá adaptando el sistema a las nuevas circunstancias demográficas, eso se hace de un día para otro. Recursos para las pensiones sobran, nunca hemos producido tanto. Si hemos conseguido una asombrosa eficiencia no puede ser para morirnos de hambre, ¿o es que estamos locos?

Y un par de consejos: confía en la fuerza de los pensionistas cabreados y, si alguien te vuelve a intentar meter miedo sobre tu futura pensión y a insinuarte que, por tu seguridad, te hagas un plan privado, mírale con odio, es tu enemigo.

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