Pedaleando en la niebla

RICARDO ROMANOS

Pedalear en mi estática a primeras horas de la mañana por una reinventada carretera de Soria de allá por los años '60 del siglo pasado, adentrándome así en las nieblas de recuerdos felices, esas cenicientas brumas, me deja hecho un alegre pincel para el resto de la jornada jubilar. El otro día, sin ir más lejos y en tanto programaba en la máquina tiempos e incidencias, me dio por entrar a inflar las ruedas de mi imaginación en Jesús García y Cía., ahí en Vara de Rey, aquel ya histórico establecimiento que fuera concesionario de la marca Orbea. Al entrar en él, magia potagia, veo a mi izquierda un pequeño espacio, un estaribel enmoquetado en verde donde se muestran los últimos adelantos en envidiables bicicletas de carreras, una preciosa y blanca 'bici de chica' y un par de excitantes triciclos para niños. Y a continuación, un altiricón mostrador donde don Jesús, con sus gafas sin montura y su bata gris, le explica a un joven cliente las ventajas de un juego de piñones recién importado de Francia. Tras él, una estantería que llega hasta el falso techo de maderamen, repleta aquella de accesorios ciclistas: pedales, dínamos, cajitas de parches y sillines, manillares, accesorios y recambios de todo tipo. Y a mi derecha, a lo largo de la pared y pendiendo de unos rieles, una veintena de máquinas nuevecitas entre antiguos carteles publicitarios y empolvadas fotografías de no menos viejas glorias del ciclismo patrio. Casi no quepo con mi bici de la mano cuando traspaso el estrechísimo acceso, entre dos vigas de madera, al taller de reparaciones. Saludo a Alberto en su buzo azul, con su bigote a lo galán de cine, su cabello ondulado y azabache y tan simpático como siempre, que tensa radios sentado en una banqueta diminuta. Y a José Luis, que parchea meticulosamente, rodeado por una treintena de bicicletas, y con su nariz pegada a la cámara llorándole los enrojecidos ojos tras unos amarillentos culos de vaso. Y a don Venancio, cómo no, que también en su bata gris, para eso es el socio de don Jesús, no dice ni mu porque está sordo como una tapia. La asmática máquina traquetea ensordecedora, como si quisiera desanclarse del suelo, cuando abro su espita del aire y lleno los pulmones de mis ruedas. El olor es indescriptible, nunca desagradable: a goma, 'a cauchú', que dice don Jesús; a aceites de engrase, a pinturas viejas y nuevas, a la brillantina de Roberto, a cuero, a metales. En un rinconcito, bajo la constreñida escalera que sube a la entarimada oficina, un diminuto lavamanos donde casi no cabe un ladrillo de jabón Lagarto. Un espejo rajado, un calendario Pirelli: 8 de junio de 1965. Cuando salgo a la luz, Vara de Rey es un desierto. Cierro los ojos. Y cuando los abro, a mi derecha y también en su estática, aquella chica tan mona, un poquito mayor que yo, de cuando la calle Castroviejo fue el tostadero de Cafés Greiba y pastillas de café con leche Celita, Talleres Manero, Talleres Félix Martínez, Electricidad Eguizábal, Comestibles El Serrano, Ultramarinos Teodoro (y la Pepi), El Carmen Comestibles, Carbonería Ezequiel, Perfumería Gonsi, el chalé de los Furbel, la peña viendo la tele en el escaparate de Audivox o yendo a misa a Carmelitas mientras los colchoneros varean en la calle, Estefanía reparte el pan en sus carrito, los meleros vocean su mercancía y los afiladores soplan sus flautas de Pan. Desde entonces nos conocemos, pienso. Y va, y ella, a mi vera pedaleando, simpática y risueña, me lanza un pedazo de realidad: ¿Has visto el discurso de Boadella como Honorabilísimo Presidente de Tabarnia en el exilio? No te lo pierdas, porque a veces una se siente muy bien siendo de aquí; sí, ya sé que los riojanos somos un poco pasotas, que nos comprometemos poco con las cosas que merecen la pena, pero qué quieres que te diga, creo que estamos vacunados contra el disparate y no como otros: se vive mejor aquí, así. Así es, chiguita -le digo-, te veo muy bien. Y yo a ti -me dice-, hay que ver qué marcha llevas. Pues sí, es que la carretera de Soria da gusto, los años '60 son estupendos, me ponen; de aquí a Lardero y vuelta: el olor resinoso de los setos, la sombra intermitente de acacias y castaños, la brisa esparciendo el aroma mentolado del Licor del Polo, ni un coche a la vista, y la vista de las chicas guapas, aquellas juveniles y desprejuiciadas 'cigüeñas' que bajaban en sus bicis a currar en Logroño, son un estímulo imperecedero para mí. Disfruta el día, amiga, vecina de siempre. Y sí, veré a Boadella otra vez y otra. Y lo recomendaré, muchas gracias y no te canses, que no estamos en edad.

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