PATRIAS DE NAILON

MARCELINO IZQUIERDO - EL CRISOL

. Fernando Savater

La fila del supermercado, el transporte público o un banco de una calle concurrida y diez minutos con los oídos bien afilados son fuente inagotable para tomar el pulso de una ciudad, de una región, de un país. Comentaba Rafael Azcona que, en los años 60 y 70, los guionistas perdían buena parte de su ingenio cuando, tras dos o tres éxitos en el cine o la televisión, se compraban un Seiscientos. ¿Por qué? Muy fácil: dejaban de frecuentar metros y autobuses y, poco a poco, iban perdiendo el contacto con la realidad cotidiana que, siempre, supera la ficción.

Esta misma semana, en la mencionada cola del súper, una mujer le explicaba a otra la siguiente anécdota: «Me llamó el otro día Menganita para que entrara en su casa. Pasé, extrañada, y me condujo hasta el balcón. Asomadas a la calle, me señaló una gran bandera de España que ocupaba toda la fachada del piso de enfrente. '¿Tendremos que comprar nosotras y ponerla en nuestros balcones, no?', me dijo. 'Pues a mí no me hacen falta banderas para saber que soy española'. '¡Qué sosa eres, chica!', respondió. '¿Qué pasa? ¿Es que tú vas gritando por la calle que naciste en Ribalmaguillo, que eres viuda o que tienes un hijo ingeniero?'», zanjé la cuestión.

Cuando las señoras desaparecieron con sus carritos y la cajera me entregó la cuenta, comprobé cómo suben los precios, mientras los sueldos siguen bajo mínimos y el empleo, cada vez más precario. Recordé una frase de Ricardo Romanos en una de sus deliciosas 'Ventanas': «La única bandera que pongo, y sólo a veces, es la pirata».

Al escritor y periodista Mario Benedetti, que de idiota no tenía ni un pelo, tampoco le gustaban las banderas. Para él tan sólo eran «patrias de Nailon».

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