PATRIAS

PÍO GARCÍA

Yo no quiero independizarme de Josep Pla. Envidio su prosa bruñida y su socarronería y esa forma suya de estar en el mundo, de ser cosmopolita sin perder la curiosidad asombrada de un payés. Había en Pla una especie de agnosticismo pueblerino que deberíamos reivindicar y que le hacía inmune a las efusiones sentimentales y a los espectáculos de masas, hoy de nuevo tan apabullantes.

Yo no quiero independizarme de Josep Tarradellas, el viejo político republicano que conocía bien los límites de la realidad y del ridículo y al que la vida le enseñó lo que cuesta un peine y lo fácilmente que se escapa lo que creemos bien amarrado. Yo no quiero independizarme de Serrat y su Mediterráneo, ese mare que también es nostrum, aunque vivamos Ebro arriba, en una seca tierra de inviernos severos. Yo no quiero independizarme de Dalí y de su pincel juguetón y onírico e incluso de su mercantilismo galopante: olé sus huevos. Yo no quiero independizarme de Juan Marsé, de Eduardo Mendoza, de Mercè Rodoreda, de Antoni Gaudí, de Quim Monzó, de los Gasol, de Espriu, de la Barcelona desarrollista en la que estudió mi padre y en la que trabajó mi suegro, de mis primos de allí, de Els Joglars y de la Fura dels Baus, de los hermosos pueblecitos ampurdaneses de piedra y silencio.

Yo ni siquiera quiero independizarme de Pep Guardiola o de Lluis Llach y me asombra hasta el estupor que alguien en su sano juicio encuentre algún interés en independizarse de Cervantes, de Clarín, de Velázquez, de las adustas llanuras castellanas, del humor gaditano, de una ciudad tan irresistible y abierta como Madrid, del Pirineo aragonés, de los valles pasiegos. No entiendo, como dice Sabina, que alguien desee salirse de una patria grande, confusa y diversa para recluirse en una patria quizá más homogénea, pero también más pequeñita y ensimismada.

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