Cosas que pasan

RICARDO ROMANOS

Finales de octubre. Logroño. A pesar de todo, las 5 horas en punto de la tarde están preciosas. 23 grados, cielo azul, sol, sol, calorcillo, terrazas al café con hielo, adiós buenas tardes, enfermizas hojas de los plataneros, pintan sus cosas en el jardín chicas y chicos de la Escuela de Diseño y desde aquí y hasta allá el larguísimo banco corrido que espera al hombre de este principio, un anciano. Entrevera la luz un rompimiento de bulevar en la mismísima plaza del Ayuntamiento. Impresionismo, según se mire, qué bonito. El hombre se sienta, por allá, quizá a la espera del autobús que le devuelva a su nieta. O así. Sí, porque llega una mujer joven, se saludan y también se sienta. Hablan. A su izquierda, casi espalda con espalda, charlan tres sénecas marroquíes. De sus cosas. Se sonríen, se ríen gratamente. (Pausa; el sol pinta de oros un telón de fondo diseñado por Moneo y no pongo unos niños en sus patinetes porque Rocandio me va a reñir por cursi; pero estaban). De repente, por la izquierda y en tromba, toma posesión de la plaza a 140 pasos por minuto un uniforme de camuflaje de la Legión Española y olé, al que sólo le falta un detalle no baladí: el chapiri, o sea. Y tampoco lo otro cuela, aunque lleve de referente los distintivos legionarios en las hombreras, gafas Rayban Pilot que va a ser que no, y lustradas botas de tres hebillas de cuando mi mili artillera, que va a ser que tampoco. El individuo que habita en el interior de la prenda ve a los marroquíes. Y se le enciende una chispa que ya traía su punto. Va hacia ellos. Decididamente. Se para y los increpa con violencia expresionista. Mucha, peligroso el trance de pintura negra. Y acto seguido, en un remolino, la emprende a coces con los amigables vecinos magrebíes. Vocifera. Mientras saca el teléfono el señor del principio sosiega, por si un acaso, los asombrados ánimos de los agredidos y se dirige hacia el supuesto mílite con quien intercambia unas palabras. Suaves, no vaya a ser. El agresor emprende una retirada táctica sin dejar de lanzar baladros al aire, a los viandantes, al cielo. A Dios. El hombre -dicen-, ha llamado a la policía.

Finales de octubre. Logroño. A pesar de todo, las 10,45 de la mañana está gloriosa. Resta un pelín del fresquillo mañanero, 16 grados, cielo azul, sol, sol, terrazas al café con leche y cruasán, adiós muy buenos días nos dé Dios. Y la calle Rodríguez Paterna, como un decorado napolitano para una escena de pobres, se abre a la acción. La luz restalla dorada y feliz en la torre de San Bartolomé. El hombre del principio, el mismo, repara en ello siguiendo su camino y entra en un dispensario con un papel en la mano. Sala de espera, gente de edad, madre con niña de pecho, Rocandio. Se sienta y lee el periódico en su telefonillo. De repente y por la izquierda hace su aparición un exaltado. Profiriendo confusas y altisonantes exclamaciones cruza la escena, da un empellón a la puerta de la consulta y sin traspasar el umbral la cierra con un portazo arrojando sin miramientos una riñonera que choca con una silla vacía, ¡clonc! Podía haber estado ocupada, suerte: suena duro el golpetazo. El hombre del principio repara entonces en que el balas es el mismo que montó la gresca moruna el día anterior, oh cielos, salvo que ahora viste de sportman con un chándal rojo fuego, el mismo croma que ofusca sus ojos. Al recoger la riñonera el pirado lo confirma: ¡Es usted el de ayer! -le dice amenazador al anciano. Y sale hecho una furia por donde entró. Tras su consulta médica y ya en el vestíbulo, el anciano vuelve a toparse con los ojos alucinados de su némesis. El del chándal descorre la cremallera de su bolsa y en un aparte le muestra un pedazo de fierro, un chumbo negro, pavonado. Realismo mágico: dando saltos toma el ascensor. El pobre hombre del principio alerta en un bisbiseo al personal responsable del centro. A los tres minutos llega la Nacional. El anciano huye. Raudo, por si las moscas, que el gentío está como muy alterado por todas partes, será la calor, el clima general.

21 de octubre. Logroño. A pesar de todo, a las 20,35 el chocolate con churros está riquísimo, se dice el hombre del principio mientras escucha por la radio que Rajoy ha destituido al Gobierno catalán y que la CUP propone una paella insumisa. Surrealismo. La tarde está un poquito más que fresca. Habrá que ponerse algo de fundamento. Y la radio se calla porque la San Juan espera. Oscuro lento.

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