La paradoja del lazo amarillo

Utilizar la simbología del lazo por el nacionalismo hegemónico es una mofa a las minorías

JUAN CARLOS VILORIA@J_CVILORIA

La constitución del nuevo Parlament de Cataluña, primer acto institucional tras las elecciones del 21 de diciembre, ofreció una imagen acabada de la paradoja del lazo amarillo. Se trata de la capacidad del grupo dominante para camaleonizarse en minoría oprimida. El desprecio a la lógica y a la evidencia se hace más obsceno cuando las 'víctimas' que se autoseñalan con un lazo amarillo en la solapa y en los escaños no tienen pudor en hacer ostentación de su mayoría y su control sobre las emociones de la sociedad catalana. Los independentistas que han trabajado con esmero en la reinterpretación de su propia historia y de la relación con el poder central no han tenido tampoco escrúpulos en falsificar el significado de los símbolos para convertir al depredador en inocente presa. Los símbolos externos de identificación en la vía pública para identificar visualmente a minorías, los ha impuesto históricamente el opresor al oprimido.

En Centroeuropa durante la Edad Media los judíos perseguidos fueron obligados a portar unos gorros puntiagudos para escarnio e identificación. A otros grupos señalados por supuestas infracciones, creencias, peculiaridades, les impusieron otro tipo de sambenitos en la ropa o la apariencia física (barba). Por no hablar de la estrella de David (amarilla) con que los nazis marcaban a los ciudadanos de la raza perseguida. En el lenguaje de los símbolos (en el ámbito político) la identificación por prendas, colores, marcas, siempre alude a la condición de minorías, víctimas, perseguidos, marcados. Nunca alude a la condición de mayoría hegemónica como la que viene disfrutando el nacionalismo catalán ahora en 'momento' separatista.

Paradójicamente llevar un lazo azul supuso uno de los primeros gestos de rebeldía de la sociedad vasca frente al totalitarismo de ETA. Y en el inconsciente colectivo ha quedado grabada esta iconografía como resistencia ante los secuestros de Julio Iglesias Zamora, Ortega Lara y otras víctimas. Utilizar la símbología del lazo en la solapa como protesta por el encarcelamiento judicial de algunos dirigentes políticos que han contado con todas las tutelas democráticas hasta que han vulnerado los pilares más sagrados de la democracia, es una mofa a las minorías que han resistido frente al totalitarismo. Pero el conflicto provocado por el nacionalismo más fundamentalista de España ha parasitado no solo el símbolo de las víctimas, sino también el relato y la movilización de los oprimidos. Su capacidad de generar una realidad aparente es digno del ilusionismo más perfeccionado.

Su último truco de magia, con la colaboración inestimable de la televisión publica catalana, ha sido blanquear a los condenados por corrupción de Convergència presentando a los antiguos capos como nuevos e impolutos dirigentes de otro partido: el PDeCAT (Partido de los demócratas de Cataluña). Eso sí, con el lazo amarillo de víctimas.

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