Paisaje después de la batalla

ALONSO CHÁVARRI

Tras este despropósito general en que se ha convertido la independencia de Cataluña, llama la atención la enorme ingenuidad de que han hecho gala los líderes rebeldes del independentismo. Deberían haber sabido, como sabe cualquier persona, mínimamente leída, que a lo largo de la historia, la única manera que ha tenido una región de conseguir la independencia ha sido empuñar las armas y, además, tener a todo el pueblo detrás. Por eso llama tanto la atención esa ingenuidad de pretender la independencia de forma pacífica y, en el mejor de los casos, con solamente la mitad de la población detrás, y pretender, también, que el Estado acepte un pacto, admitiendo la secesión.

Uno puede entender que hayan utilizado la mentira para hacer creer a sus seguidores que era posible lo imposible, pero lo que no se puede entender es que ellos mismos se hayan creído sus mentiras; porque han convencido a sus seguidores de una serie de futuribles que todos, hasta el que asó la manteca, sabían que eran imposibles de conseguir: Europa les iba a recibir con los brazos abiertos; iban a ser reconocidos de inmediato por todos los países del mundo; las empresas iban a acudir a Catalonia como las moscas a la miel; la Banca se iba a pegar por establecerse en Barcelona; el nivel de vida, en la nueva república iba a ser la repera; el dinero y los préstamos iban a fluir como el maná; España iba a pagar sus pensiones y les iba a perdonar la parte proporcional de la deuda española; etc. ¡Hace falta ser ingenuo para creerse todo esto! Y, encima, los españoles iban a estar encantados con que les quitasen un trozo de su territorio, de su país.

Ahora, después de la batalla, la frustración se transforma en tristeza, para la mayoría, pero algunos empecinados en negar la realidad la cambian por rabia, una rabia que me recuerda los versos de Jorge Manrique, cuando dice: «Rabia terrible me aqueja,/rabia mortal me destruye,/ rabia que jamás me deja,/ rabia que nunca concluye (...)».

Mirando, desde la distancia, el paisaje catalán después de la batalla, me viene al recuerdo el pendenciero poeta don Francisco de Quevedo y Villegas, primero, con su pareado «Todos somos locos,/ los unos y los otros». Después, viendo la actitud del depuesto que parece seguir las palabras de Quevedo «Después de yo muerto,/ ni viña ni huerto (...)», aunque se olvidan de la segunda parte «(...) y para que viva, / el huerto y la viña».

Esperemos que las aguas vuelvan a su cauce y no tengamos que rememorar aquel otro salmo quevediano, que comienza «Miré los muros de la patria mía,/ si un tiempo fuertes, hoy desmoronados (...)», porque la independencia la carga el diablo y las manifestaciones multitudinarias se sabe cómo comienzan, pero nadie conoce cómo acaban.

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