UN PAÍS CON SUEÑO

CAUTIVO Y DESARMADO - PABLO ÁLVAREZ

El otro día Operación Triunfo batió su récord; hacía 14 años que el tal programa no cosechaba tanta audiencia: tres millones y pico de personas estuvieron delante de la tele, bien atentos.

Y bien que me alegro, óiganme. Yo siempre he sido más de la cosa de Johansebastian, así que entenderán que no les preste mucha atención a estos chicos. Si la música pop ya me parece en su mayoría aburrida, la que hacen estos guapos tan prefabricados me suele producir entre espanto y ganas de una muerte rápida.

Pero no iba a eso, digo. Que cada cual es libre de gustar de lo que guste, y la música es muy de cada uno. A lo que voy, lo que me extraña y hasta me asusta, es un detalle que me había pasado inadvertido: que el tal programa empezó hacia las once de la noche, y no terminó hasta eso de las dos.

Fíjense ustedes qué cosa. En un país que, en su amplia mayoría, tiene que estar en marcha para las ocho de la mañana, cienes de miles de personas se metieron a la cama pasadas las dos de la madrugada.

Esto tiene algo de patológico. Las televisiones no están dirigidas por psicópatas, sino por gente con la calculadora en la mano. Si han decidido empezar su programa estrella del año, ése que les hace ganar pasta a ríos, a una hora en la que la mayoría de la peña debería estar empezando a desfilar hacia la cama, será porque saben que eso funciona.

Esto de los horarios es, me va pareciendo, una cosa imposible de solucionar. Los españoles comemos mucho y tarde, cenamos mal y tarde, nos vamos a la cama más tarde. Y lo peor: según pasan los años, esto va a peor. Estamos como una cabra, sí.

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