OLVIDAR

CAUTIVO Y DESARMADO PABLO ÁLVAREZ

Los mensajes nos llegan prácticamente cada semana. Muchas veces son los propios interesados, aunque cada vez más el correo lo firma una empresa especializada en el asunto. Porque si hay algo cierto en estos tiempos es que para todo hay una empresa, web o servicio especializado. Estamos a la que salta.

Y lo dicho, recibimos mensajes cada semana pidiéndonos ejercer eso que se llama «derecho al olvido». Básicamente, en la mayoría de los casos se trata de alguien que la lió muy gorda hace un tiempo más o menos largo, y que quiere que todo el mundo lo olvide. Que si uno pone su nombre en Google esa pifia monumental no sea la primera que aparezca. Y si puede ser, que no lo haga. Como si nunca hubiera ocurrido.

Hay casos y casos, claro; algunos están más que justificados, y como tales se tratan. Pero hay otros en los que dan ganas de contestar al correo sólo con media docena de palabras. «Pero qué jeta tiene usted. Señor».

Efectivamente, uno tiene derecho a penar sus penas y a hacer borrón y cuenta nueva. Pero, sinceramente, a todos los que trabajamos en este sector nos toca profundamente los webs, por ejemplo, que un señor de conocidas prácticas estafadoras empresariales nos pida que borremos las informaciones sobre las condenas que recibió en algunas de esas prácticas. Para que así, suponemos, su fama se vea limpia y parezca que nunca hizo lo que realmente hizo: arruinar empresas, negocios y trabajadores. O que un señor expolítico excorrupto nos pida lo mismo. Como si nunca hubiera pasado.

Al final, sólo es una cara de un fenómeno más extenso: que nadie quiere ser responsable de sus actos. Que el culpable fue otro, señoría. Y que si su señoría dice que fui yo, que todos los olviden muy pronto.

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