EL OLOR DE LA MUERTE

TERI SÁENZ - CHUCHERIAS Y QUINCALLA

La semana pasada casi un millar de riojanos (siendo muy generosos) se congregó en el centro de Logroño para manifestarse contra la alta siniestralidad que sufre la N-232 y exigir la liberación de la autopista como antídoto de urgencia. Tras las consignas de rigor y un par de paradas simbólicas ante el Palacete de Vara de Rey la Delegación del Gobierno (sus inquilinos no trabajaban ese día), tomaron la voz sobre La Concha de El Espolón tres representantes de otros tantos colectivos que conocen y/o sufren la sangrante realidad de una carretera que ya se ha cobrado quince vidas e incontables heridos en lo que va de año. El primero fue un bombero que después de lamentar la tibia respuesta a una convocatoria vital (5.500 espectadores asistieron horas más tarde a un partido de fútbol de 2ª B cerca de allí) relató qué se encuentran él y sus compañeros cada vez que suena la alerta de accidentes que, casi siempre, les dirige camino a la N-232. Según explicó ante un público estupefacto (a esa hora la mayoría del público ya había desertado), lo primero que perciben no es una imagen, sino un olor. El olor de la muerte. Un olor que es en realidad la combinación de dos: el de los fluidos del vehículo siniestrado mezclado con los de las personas que iban en su interior. Un olor que, confesó, se cuela hasta el fondo de los pulmones, se pega al uniforme como una lapa y perdura durante días (hasta el siguiente accidente). Ese olor que nunca han aspirado las narices de los responsables de atajar un drama insoportable.

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