OLOR (CERCANO) A MUERTE

MARCELINO IZQUIERDO - EL CRISOL

La primera vez que sentí el olor a muerte de la banda terrorista ETA fue el 22 de julio 1980. El ataque contra un convoy de la Guardia Civil, entre Villamediana y Logroño, me tocó haciendo prácticas en Diario LA RIOJA. Desde un alejado promontorio, pude observar con estupor el dantesco paisaje de hierros retorcidos y restos de sangre. Allí murió el teniente Francisco López Bescos y otros 32 compañeros resultaron heridos, pero la masacre aún pudo ser mayor si no hubieran fallado cuatro de los siete artefactos colocados.

El 3 de noviembre del mismo año, estudiando en Barcelona, me enteré del atentado de Ollerías, que asesinó a tres logroñeses. Una de las víctimas era Miguel Ángel San Martín, vecino durante muchos años, y al que casualmente me había encontrado en las Ramblas un mes antes, de visita a una feria textil en la Ciudad Condal. «Vamos, te invito a cenar», me dijo. «Gracias, pero me esperan en la residencia», contesté. «Pues toma», me soltó 500 pesetas de las de entonces. Era un buen tipo.

En pleno San Mateo de 1983, una explosión interrumpió la cena. Salí corriendo de la calle Los Baños y en un pispás me planté en el cuartel de la Policía Nacional. Llegué el primero. Los lamentos de un agente herido se escuchaban entre el humo, el polvo y varios coches destrozados. Segundos más tarde, apareció una patrulla de la Policía Local y varios equipos de emergencias.

Nada puede justificar la barbarie que ETA perpetró durante medio siglo ni el silencio de una parte significativa de la sociedad vasca, y tampoco nadie puede amparar las baladronadas de unos asesinos que siguen justificando sus crímenes en mítines o platós de televisión con la aquiescencia de algún presentador. ¿Verdad TV3?

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