NOSTALGIA PUNK

LOCO POR INCORDIAR PÍO GARCÍA

El otro día exhumé un cedé que tenía enterrado en un cajón de mi biblioteca, arrumbado entre viejas casetes olvidadas. Lo había comprado hace veinte años. En la carátula llevaba la imagen de una chica con la minifalda subida y las bragas bajadas. Lo bajé al coche y lo puse. Me pasé el viaje a Fuenmayor canturreando y sonriendo, con la sonrisa perversa del que comete varias infracciones. Si un guardia civil me hubiera hecho soplar, habría pasado con éxito la prueba de alcoholemia, pero quizá me habría detenido acusado de terribles delitos de odio, injurias y amenazas. Para colmo, como llevaba detrás a mi hijo, que se descojonaba cada vez que oía un taco, no descarto que hubiera llamado escandalizado a Servicios Sociales para que me retiraran la patria potestad y buscasen algún padre de acogida pudibundo que solo escuchase a Mozart y a Pablo Alborán. Ni una canción de aquel disco de los Molotov hubiera pasado hoy la censura ubicua de la que disfrutamos, como tampoco algunos himnos de Siniestro Total, Los Ronaldos o Semen Up, que hubieran ardido en la pira de Twitter.

Esta misma semana, la editorial Gallimard decidió no publicar los escritos antisemitas de Louis Ferdinand Céline, un tipo despreciable que fue una de las cumbres de la literatura francesa del siglo XX. Creo que cometemos un error al estrechar tanto el terreno de lo que no-puede-decirse porque corremos el peligro de convertir el debate público en un estéril y absurdo campo de florecillas amables.

En el mundo hay fanáticos, machistas, homófobos y racistas. Y yo prefiero oírles y contestarles, enfrentándoles con la razón, sin aspavientos ni insultos, a hacer como que no existen, permitiéndoles encima que se adornen con el prestigio de lo clandestino.

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