Nervios

RICARDO ROMANOS

Dime de qué presumes y te diré de qué careces. El asunto del máster de la excelentísima y elegantísima presidenta de la Comunidad de Madrid, doña Transparencia Ética de la Honradez, más conocida como Cristina Cifuentes, no es sino un botoncillo más en el muestrario de desfachateces, mentiras, escandaleras, robos, chantajes, estafas, sobornos, cohechos y falsificaciones de documentos públicos con que la clase dirigente de este país nos viene regalando desde hace décadas. O siglos. Para cualquier observador con un poquito de perspicacia, que se haya detenido a observar -la cámara lenta en vídeo es maravillosa- la gestualidad facial y manual de la interfecta, y más sus miradas, sus ojos, a poquito que se haya leído un par de cosas sobre el asunto, no le habrá resultado difícil dar en el mismo clavo que la intrépida periodista que destapó el asunto: para publicarlo había que tener mucha seguridad. La gente del común, acostumbrada como estamos a que cada día, cada hora, cada minuto nos tiren a la cara chafarrinones repletos de imposturas políticas, lo de doña Transparencia nos ha vuelto a pillar en el sofá, despatarrados. De risa. Pero lo que a mí me parece realmente grave es que la Universidad Juan Carlos Primero, una universidad, una cualquiera, se aviniera al tocomocho. Hay que ver qué pandilla de pelagallos lameculos. ¿En qué estima tienen a la Universidad española? ¿Qué respeto les merece su alumnado? ¿En qué nauseabunda letrina tienen almacenada su dignidad? ¿Para eso tanta muceta, tanta toga de colorines, tantas puntillas y medallas y tanto pompón en el birrete? Pero qué morrazo tan indecente, señoras y señores. Había que verlos -y verlas- en sus comparecencias, tras afirmar varias profesoras que sus firmas habían sido falsificadas en el acta famosa que doña Transparencia aireaba. Vaya chapuza: al parecer habían sido «reconstruidas», pero qué morro de eufemismo, «por las presiones del rector». Pero el rector, muy serio él, se llama Andana. Mientras tanto, el Rivera y sus acólitos cogiéndosela con un papel de fumar y la Transparente erre que erre: ella no va a dimitir porque es muy suya. En fin, señoras y señores, esto es este país: la finca de nuestros señoritos, ellos se lo guisan y ellos -y ellas- se lo comen. A mogollón. Pero lo más patético de todo este miserable asunto han sido las patrióticas reacciones de otra Transparencia, la de la señora Cospedal que, haciendo gala de su máster en militarismos, ya como secretaria general del PP, ya como capitana generala, ha arengado a los suyos muy en su papel con estas perlas: «Cerremos filas frente a las malas artes»; «hay que defender lo nuestro y a los nuestros»; «no debemos permitir que nos roben nuestras banderas». Y así, así vamos. Aunque para lenguaje militar el de Jiménez Losantos, ese siniestro personaje. Como en las tales banderías ha sentado como un tiro que al Puigdemont lo hayan soltado a pasear por Berlín, le ha dado por pedir que secuestremos a «los 200.000 jubilados alemanes que viven en nuestras islas», o que ya, puestos a ello, atentemos contra las cervecerías de Baviera. ¿Habrá algún fiscal que le llame la atención? Pues supongo que no, porque no hay que sacar las bromas patrióticas de contexto. Me he dado un paseíto por la Red, un asco: hay que ver cómo están reaccionando las banderías del Régimen frente al atropello masivo en la ciudad alemana de Munster: «¡El karma existe!», escriben en esa bazofia que es Alerta Digital. Sin palabras, no son ni raperos ni titiriteros. Bueno, faltan 14 meses para las próximas, y está nerviosilla la muchachada. ¿Por qué será, será?

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