Neopuritanismo

DOMINGO GARCÍA-POZUELO

No hace muchos días, Isabel Coixet decía en una entrevista que odiaba la palabra empoderamiento. No logré descubrir cuál era la razón para odiarla, y no sé si coincidirá conmigo, pero al menos no soy el único al que le da grima el término. Decía en mi anterior artículo que el uso que se le daba a la recién inventada aporofobia era oportunista, incluso en su propia gestación, puesto que incluía matices ideológicos, que entiendo modestamente nunca debe contener una palabra, sino que debe limitarse a definir algo. Pero en fin, no soy lingüista, y por tanto lo único que hago es exponer mis reflexiones sobre lo que acontece en la sociedad contemporánea. Y desde luego no voy a sentar cátedra sobre el léxico. Pero ello no impide sacar conclusiones sobre este martirio lingüístico político en el que vivimos, agredidos por los que de manera persistente tratan de enmendar nuestra forma de expresarnos. Empoderar, según dice el diccionario, es un calco del inglés to empower, que se emplea en textos de sociología política con el sentido de: conceder poder (a un colectivo desfavorecido socioeconómicamente) para que, mediante su autogestión, mejore sus condiciones de vida. Vamos, una monserga con tufo comunistoide. Y que una vez que ha calado en nuestra sociedad sirve para todo, incluso para discursos de líderes de empresas que buscando dejar perplejos a la audiencia, con algo que posiblemente no sepan a ciencia cierta qué significa, lo endilgan en sus textos y se quedan tan anchos.

Dentro de esa deriva se está prodigando otro concepto, tan rebuscado como empoderar, que es el de cosificar. Es decir, convertir en cosa a alguien o algo. Y en el colmo de la idiotez, en algunos museos del mundo se están cuestionando obras de arte, que llevan colgadas en sus paredes años o siglos, discutiendo no su bondad pictórica sino su mensaje, al ser interpretado con sesgos banales. Por ejemplo, un cuadro de Balthus en el MET de Nueva York titulado Thérèse Dreaming, en el que retrató a su vecina adolescente Thérèse Blanchard, y que según eso tan actual de promover una iniciativa popular, pretendieron que se retirara por ser «sexualmente sugerente»: por fortuna el museo neoyorkino hizo caso omiso a tal petición. Pero no ha corrido la misma suerte el cuadro Hilas y las ninfas del prerrafaelita John William Waterhouse, que ha sido retirado de la colección permanente de la Manchester Art Gallery, por mostrar el cuerpo femenino como una forma pasiva y decorativa (¡toma ya!) Y lo peor de todo es que en la pared del cuadro ausente, han colocado hojas adhesivas para que los visitantes expresen su opinión, y así abrir un debate sobre la cosificación del cuerpo femenino. En fin, infantilismo puro. Curiosamente existe otro cuadro casi idéntico, titulado Hilas y las ninfas del agua, cuya autora es Henrietta Rae, pero como es de una pintora no cosifica nada, aunque en él se representen las ninfas con similitudes, casi calcadas, del cuadro de Willian Waterhouse. Y para rematar, hace bien pocos días, supimos de los actos programados por los cien años del fin de siglo de la secesión vienesa, o lo que es lo mismo, del modernismo austriaco. Pues bien, dos países ¿avanzados? tales como Alemania e Inglaterra, han censurado las vallas publicitarias que, a tal fin, mostraban cuadros con desnudos del extraordinario pintor Egon Schiele, fallecido en 1918 a los 28 años. A estas alturas del siglo XXI todavía existen prejuicios morales, ya que consideran que dichas pinturas son pornografía, además de (toma Jeroma...) cosificar a la mujer.

Tal vez nos puedan aclarar este neopuritanismo algunos de los portavozos y portavozas más eximios o eximias de nuestro culto elenco político, porque intuyo que hay una pléyade de miembros y miembras capaces de hacerlo con brillantez, y así sacarnos de estas dudas existenciales que nos abruman.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos