Náufragos y películas

RICARDO ROMANOS

Los hay por todos los mares, por todas partes, desterrados de sus países por guerras de espanto promovidas todas ellas por eso que llamaron el Nuevo Orden mundial. Y no se nos cae el alma a los pies. 20.000 personas han perdido la vida en el mar, ese tan nostrum, a una media de 3.000 anuales. Ahora, lo del Aquarius viene siendo de vergüenza. O de desvergüenza europea. Alguien, algún día, hará una película. Como aquella del Éxodus. Pero cuando ocurrieron los hechos, en 1947, los protagonistas eran judíos supervivientes de las masacres nazis, y estaba muy presente la reciente hecatombe: había mucha mala conciencia. León Uris noveló la odisea, todo un best-seller, y la cinta fue protagonizada por lo más granado de Hollywood, Paul Newman a la cabeza del reparto. Guapísimo, qué bonito es el cine, y cómo nos emocionamos cuando la vimos allá por los años 60, sensiblerías aparte. Hoy nos desayunamos, impávidos, con estas tragedias convertidas en reality-show por los telediarios y los tertulianos de turno y a nadie se le ocurriría novelar la historia de ese barco de Médicos sin Fronteras, y mucho menos perder el tiempo y el dinero en una producción cinematográfica sobre el asunto: son africanos, nigger, y la mayoría musulmanes. Ya tenemos suficiente con los súper héroes de las plataformas televisuales. Sin embargo, hay tema: son 629 argumentos de vidas naufragadas los que viajan en esa nave, entre ellas las de 123 menores sin familia, 11 bebés y 88 mujeres, varias de ellas embarazadas. Así las cosas y mientras la mar se pica, tan solo 70 eurodiputados de los 751 que componen el Pleno del Parlamento Europeo estuvieron presentes el pasado miércoles en el debate «Emergencias humanitarias en el Mediterráneo» que se celebró en Estrasburgo. Será que los 681 sinvergüenzas que hicieron la pirula no tenían el corazoncito para muchas emociones, para muchas películas, y aprovecharon para para enjabonarse las manos mientras recitaban aquello de Inocentes somos de la sangre de estos justos, vosotros veréis. Eso sí, los que se quedaron se entretuvieron mucho llamándose xenófobos y racistas los unos a las otras. Los escrúpulos lingüísticos de un alma tenternecida pidieron rebajar el tono insultante, ofensivo, hasta dónde vamos a llegar, señores/ñoras. No escribo aquí lo que yo les hubiera gritado por no herir la delicada susceptibilidad de algún cándido lector. O lectora. Aunque espero que usted comparta en su fuero interno mi anticuado castellano: ¡hideputas! Menos mal que, tras salir por fin del rajoyano Jurassic World, el reino caído, esa otra peli, la primera acción de calado del nuevo gobierno ha sido solucionar el asunto. Fuerte ovación. Los aires cambian, aunque algunos cerriles no han perdido la ocasión: «Política de demagógicos gestos»; «el problema de la inmigración no se soluciona con efectismos sino con eficacia», le han soltado al aire con la boca pequeñita. Y mientras se buscan eficacias, como esos eurodiputados, dejemos que se sigan ahogando. En fin, señores Girauta y Hernando, la gente decente ha aplaudido la medida, aquí en España todavía queda mucha. Y la ONU también, aunque sólo sea por no quedar fatal. Aprovechando el empujón dice Grande Marlaska, el nuevo responsable de Interior, que quiere quitar las concertinas en Ceuta y Melilla. ¿Otro «gesto demagógico, ineficaz» tal vez? Ya lo han tildado de hipócrita y le han sacado el «efecto llamada» a relucir. ¿Será que los pinchos filosos hacen desistir a los desesperados de su desesperación? Será. Dejo, para terminar, la reflexión de David Noguera, presidente de Médicos sin Fronteras: «Negar el desembarco a personas desesperadas rescatadas en el mar no puede considerarse una victoria. Es una respuesta equivocada a la falta de responsabilidad y a la distribución de la carga entre los Estados miembros de la UE». Repítasela usted mirándose al espejo. Muchas gracias.

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