Todos somos nacionalistas

«Negar que todos somos nacionalistas es faltar a una realidad que llevamos adherida a nuestro ADN... vivimos nuestro nacionalismo de una forma más o menos visceral. Lo que no justifica que todo valga para echarse a la calle y pedir la independencia»

Llevamos una temporada dándole vueltas a la independencia, a la desconexión, a la soberanía, al nacionalismo y a demás cuestiones relacionadas con la pertenencia y la adhesión a una u otra causa. De toda la propaganda de un lado y de otro, de toda la publicidad de unos y de otros, me ha llamado la atención, tal vez solo sea una sensación, que los nacionalistas son todos los demás, todos los que identifico con los peores atributos imaginables. Por el contrario, lo civilizado, educado y sociable quiere referirse, en exclusiva, a los que se consideran no nacionalistas, por lo que parece no afectar a la mayoría de los españoles. Si no he entendido mal, da la impresión de que cualquier nacionalismo ajeno al mío es impostado, artificial, agresivo, fabricado y postizo; mientras, lo mío, lo denominemos como lo denominemos, es natural, lógico, evidente y franco. Además, este último nace de la naturaleza, como las peras de donguindo (o de longuindo, como siempre las he conocido), sin necesidad de haber sido prefabricado por nada ni por nadie. Pues como se dice hoy en día, va a ser que no.

Debemos tener en cuenta que nacemos, crecemos, nos reproducimos y morimos, generalmente, en un estado-nación que nos ha hecho, en buena medida, ser lo que somos. Desde pequeños vamos a la escuela, aprendemos un idioma, unas costumbres, unos ritos, una cultura que se convierte en nuestra segunda piel. A través de aspectos más o menos reales se crea una ficción identitaria (lo cual no debe entenderse como algo negativo), para ir 'construyendo' ciudadanos. Los españoles no construyeron España, fue el Estado el que tuvo que inventarlos, al igual que el Estado francés o el costarricense. Este nuevo ser debería caracterizarse por la abstracción y la neutralidad, única forma de ser de fortalecer una de defender una de proyectar una común hacia el futuro.

Esta idea, que vincula el presente y el futuro, es esencial en la creación ficticia del ciudadano y de la Como decía Ernest Renan en su obra «Una nación es un alma, un principio espiritual». Esta abstracción aglutinadora también se da en los españoles, seamos de Arnedo, de Plasencia o de Úbeda, solapándose, en ocasiones, con otras formas de adhesión.

Otro aspecto en el que merece la pena detenerse es en el descrédito que le damos a cualquier presunta legitimidad histórica que los nacionalistas le dan a sus argumentos. Decimos que son inventados o forzados o que no son fieles a la realidad histórica. Sin duda es así, esa reinvención o desconstrucción de la realidad es un elementos fundamental y habitual en cualquier discurso nacional, pero lo es en todos, en los que me gustan más y en los que me gustan menos. Cuando en el discurso nacional patrio hablamos de Viriato, Cascorro, Recaredo o del mismísimo Rodrigo Díaz de Vivar no estamos haciendo otra cosa que tratar de legitimar un pasado histórico común, victorioso y heroico que, dicho sea de paso, los citados no lograrían entender. Identificamos al nacionalista ajeno como provinciano, corto de miras y constreñido mientras que el nuestro es abierto e integrador.

A este respecto, en José Álvarez Junco y Gregorio de la Fuente Monge nos recuerdan que «por mucho que se hable de la racionalidad y el cosmopolitismo ilustrados, lo que se impone como eje de la narración histórica es un sujeto que no es ni racional ni cosmopolita: la nación. 'España' es, sin la menor duda, la protagonista de la historia, y se busca sin disimulo la identificación del discípulo con ella (...) Con los visigodos había nacido 'España', la España ideal o esencializada, monárquica, católica, viril...». Y podemos añadir, indomable, cohesionada e independiente. Como se puede apreciar se eligió un momento histórico y un pueblo que encajaba bien con lo que se quería crear, primero, y justificar, más adelante.

Desde luego que no todos los nacionalismo son idénticos, dependen del tiempo y del lugar, de su agresividad, de su juventud, de la manipulación que ejerzan, de la perversidad de los líderes que los movilicen y de muchos otros factores, pero negar que todos lo somos -nacionalistas- es faltar a una realidad que llevamos adherida a nuestro mismísimo ADN. Pasamos por el tamiz del Estado-nación y vivimos nuestro nacionalismo de una forma más o menos visceral, y a todos nos acompaña hasta que dejamos este mundo, lo que no justifica que todo valga para echarse a la calle y pedir la independencia de cualquier territorio. Dicho esto, tampoco seamos tan ingenuos de pensar que en parte no somos hijos de alguna nación y, mucho menos, ciudadanos del mundo.

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