El fin de un mundo

RICARDO ROMANOS

Si los bíblicos guarismos le han hecho caso al numerólogo norteamericano David Meade, que al parecer sabe (sabía) un huevo de apocalipsis y otros destrozos, ni usted me está leyendo este lunes 25 de septiembre ni a mí me va a dar tiempo a terminar de escribirle estas divagaciones el sábado 23. Porque precisamente hoy, sábado 23 y mientras le escribo, el planeta Nibiru, que indudablemente tiene (tenía) una masa insustancial y por ello invisible e indetectable, nos la ha endilgado por el polo Sur y la Tierra se desintegra en estos momentos. Fatales: me van a pillar sin afeitarme ni ponerme los calzoncillos. Despeinado y en pijama me siento ante la pantalla movido inútilmente, nunca lo sabré, por mi inquebrantable y lunático compromiso con este periódico: con usted. Pero, cómo, cuándo, ¿dónde se han (se habían) metido las anunciadoras señales en el cielo -me dirá, se dirá el polvo celeste en que se habrá convertido usted-, sin las cuales no puede haber un acabose como Dios manda en sus apocalípticos designios? Pues mire usted (a buenas horas), haberlas, las hubo. Pero estábamos por aquí demasiado ocupados en fruslerías festeras y no sólo no las vimos venir, sino que tampoco pudimos oírlas dado el estruendo de bombos, trombones y bombardinos. Y, además, le falla a usted la memoria. Porque como bien apuntó míster Meade, empezaron los estropicios el pasado 21 de agosto con el eclipse de sol, he ahí. Luego vinieron a rubricar el Irma y el María, los terremotos y otra que se preparaba de erupciones volcánicas que se va a quedar a medias. Así que don David se puso a hacer sus cábalas y llegó a conclusiones. Helas acá: desde el 21 de agosto hasta el 23 de septiembre hay 33 días. Exactamente, haga usted la cuenta. Y el número 33, además de ser compuesto y maestro, y de servir para desquiciar a un guitarrón, esconde las 33 veces que el nombre de Elohím, o sea, Jehová, el mismísimo Dios, aparece nombrado en el Libro de todos los libros, ojo al dato. No nos olvidemos de los 33 años que vivió Jesucristo, los 33 días que duró el papado de Juan Pablo I antes de atosigarlo con la tila, o del reinado del lírico David: los agüeros son los agüeros. Ni de que los rosarios musulmanes tienen 33 bolitas, por algo será, o de los 33.000 dioses que tiene la religión hindú. Y serán 33 los años, estupendos para polvos galácticos o celestiales, la edad con la que permaneceremos eternamente en la Gloria bendita como premio a nuestras virtudes y santidades en la vida terrenal. Así que Meade no ha ido muy descaminado. ¿Qué han sido sino señales las estelas que los misiles intercontinentales del Rocketman coreano dibujaron en el cielo? ¿Qué las ondas hertzianas con las que nuestro mundo se ha inoculado la filosofía política (¿será teología?) del chocho Donald Trump? ¿Y qué, si no, han venido siendo las esteladas ondeando al viento que a don Mariano Rajoy y a los suyos les han pasado por los morros desde que decidieran cepillarse la ampliación estatutaria catalana? Ay, las señales, esos designios celestes, ya estaban por aquí y por acullá, sí. Por cierto, ¿sigue usted ahí? ¿Me lee? No sé, no sé, no le siento a usted, esto es preocupante. ¡Ahora lo percibo a usted, vaya alivio! Menos mal que míster Meade la ha cagade y hoy parece que vuelve a ser un lunes cualquiera. Mas, ¡oh cielos!, queda lo de Cataluña. ¿Habrá todavía más señales a partir del 1 de octubre que nos indiquen el fin de un pequeño, apreciable, democrático, y ya casi finiquitado mundo constitucional, aquel que nos dimos en el 78? Hagamos cuentas: el número 1 es primordial, espiritual y primo. Una mónada, un ser indivisible según Pitágoras. Pero con él comenzó el Big Bang, aquella explosión tremebunda que dividió la nada, un numerazo espectacular. La misma, pero en pequeñito, que revolotea en el peinado nacionalista de Puigdemónt, esa cabellera pensante, y en la sesada limítrofe de Rajoy. En fin, decía Mark Twain que es más fácil engañar a la gente que tratar de convencerla de que ha sido engañada. Y no profetizaba tonterías porque lo suyo fue el humor inteligente. Bueno, ya he terminado y sigo aquí, toda una esperanza. Y a esperar pacientemente y ver lo que pasa con el jodido 1 mientras constatamos el fin de otro mundo: el del arte de hacer política, sustituida ésta por la cochambre del desentendimiento y el por nuestros cojones. Feliz vuelta al cole.

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