Mujer trabajadora: una visión cristiana

Una de las manifestaciones más claras y evidentes del conflicto social es la situación que vive la mujer en nuestra sociedad. Cualquier parámetro al que nos acerquemos y miremos desde las variables hombre-mujer, siempre nos responde manifestando la radical desigualdad que existe entre ambos.

Algunos ejemplos: la pensión media de las mujeres es cuatrocientos euros inferior a la de los hombres. El 74% de las mujeres con empleo trabajan a tiempo parcial. En La Rioja, las mujeres cobran un 23% menos que los hombres por el mismo trabajo.

Las mujeres dedican al trabajo doméstico, (por cierto de ninguna manera reconocido), el doble de tiempo que los hombres y siguen asumiendo la crianza y el cuidado de nuestras familias casi exclusivamente con relación a los hombres.

A estas desigualdades hay que añadir la más extrema de todas, tal es el asesinato de mujeres y niños que se registran en el estado español a manos de sus parejas.

Todo esto conforma lo que se identifica y queda aglutinado en el término que se denomina violencia de género.

Cada una de estas situaciones daría de sí para hacer una reflexión más detallada y profunda, pero quizá sea más importante ahora realizar un pequeño análisis que, a su vez, nos haga reflexionar sobre cómo hemos llegado hasta aquí.

Primero hay que reconocer que esto no es nuevo. Santa Teresa, en el siglo XVI, se quejaba de que «el mundo tiene acorraladas a las mujeres... que no pueden hacer nada por Dios en público... que no pueden hablar las verdades que lloran en secreto... que los jueces, todos varones, toman por sospechosa toda virtud que provenga de la mujer...». Y a nuestra querida Teresa de Jesús le parece que «no es justo rechazar ánimos virtuosos y fuertes, solo porque sean de mujeres».

La violencia contra las mujeres tiene un origen ancestral, está extendida a lo largo de la mayoría de las culturas en todo el mundo y ha sido un fenómeno circunscrito al entramado de las relaciones afectivas y personales (por eso, desde algunos sectores de la sociedad poco informados se le llama violencia doméstica), de ahí la naturalización e invisibilidad de la violencia de género, donde ni el Estado ni la sociedad debían intervenir.

También es una forma de control social y tiene un objetivo prioritario, a veces consciente y otras inconsciente, su mantenimiento en una posición de subordinación y desigualdad en la relaciones de poder de los hombres sobre las mujeres. Afortunadamente, organismos e instituciones nacionales e internacionales, movimientos feministas, organizaciones sociales comprometidas están jugando un papel fundamental en el reconocimiento del fenómeno como un problema social, como una cuestión política de Estado y no personal y privada, en la denuncia de la violencia de género como la discriminación más extrema contra la mujer.

Los cristianos y cristianas tenemos un modelo a seguir que es la práctica de Jesús de Nazaret con las mujeres en su vida. No dudó en transgredir todas las prohibiciones legales y sociales para anunciarles el Reino de Dios, sin importarle que le juzgaran por su conducta escandalosa. Habla con ellas en público, entabla discusiones teológicas con ellas, las admite como discípulas y les encarga el anuncio de su resurrección a los apóstoles.

Reconocemos que la Iglesia no ha sabido siempre trasmitir este mensaje. No obstante, se van produciendo avances significativos, sobre todo desde el Concilio Vaticano II, donde se hizo mención expresa al reconocimiento de la participación social de la mujer en igualdad de derechos con el varón.

Actualmente existen en España y a nivel internacional asociaciones específicamente cristianas que promueven la presencia, participación y corresponsabilidad de las mujeres en la sociedad y en la Iglesia y así cumplir con su misión evangelizadora y así trabajar por el desarrollo humano.

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