¿De qué se mueren nuestros pueblos?

¿De qué se mueren nuestros pueblos?

«El tratamiento, si es que existe, ha de ser sin duda también original. Y en ello habrá que embarcarse y arriesgarse, aun a riesgo de meter la pata, pero al menos que nos quede la dicha de habernos empeñado»

JULIO ARNAIZPOETA

Un pueblo es origen, principio y fundamento de dónde venimos todos. Y más ahora, donde todo el mundo quiere tener uno para poder presumir de ese lugar al que acudir y recurrir a fin de hallar ese espacio personal y único que nos distingue y marca. Antaño no pasaba así, sino que había personas que se reían abiertamente con desprecio de los que veníamos de allí tras el fin de semana y pretendían ridiculizarnos, sirviendo de mofa ante los de la capital, que se creían dueños del cotarro. Ahora ya no se estilan esas malas costumbres. Por el contrario, se presume de esa patria chica que nos reconcilia con ese sabor genuino de cuanto pueda soñarse. Y ser de pueblo, tener pueblo, es una señal, un plus o añadido extra que nos concede una distinción, otra categoría... Y, el que no lo tiene, se esfuerza y se procura uno, aunque sea de adopción, para aproximarse a ese bienestar que se presupone anida allí y sólo allí. Y entre medias, entre el desprecio pasado y el apego presente, ¿qué hemos hecho para que se nos mueran sin remedio? Empezamos cerrando escuelitas (no valía la pena), hicimos concentraciones escolares en pueblos mayores, luego vinieron los CRA, desplazando poco a poco al pueblo de al lado a los padres en pos de sus hijos, servicios básicos que antes estaban los suprimimos (no eran rentables) y empezamos a justificar casi todo por mor del progreso, ignorando que todo ello traería dejación y abandono masivo en busca de un mundo mejor, cuando, tal vez, quedaba atrás sin remisión para siempre..., y ahora, al volver la vista atrás, nos preguntamos ¿cómo es posible?, con lo que yo te quería.

Este periódico tuvo hace cuatro años la feliz ocurrencia bajo la fórmula 'Mi pueblo es el mejor' de hacer competir a todos los pueblos de La Rioja en sana camaradería en busca del ganador. Y a fe que los que lo han conseguido no son los más grandes, ni los más «importantes», pues vale todo para convencer a un jurado de que se es el mejor. Y han sabido conjugar los encantos y maravillas propios con esa gracia espontánea que surge de dentro cuando de lo que se trata es de defender el terruño, esas costumbres y tradiciones o esas fiestas que en el nuestro, y sólo en el nuestro existen, y que a gala se tienen y exponen por tratarse de un símbolo que nos identifica sin lugar a duda.

Existen datos oficiales que aseguran -con porcentajes y todo, incluso fecha de caducidad, cuando no de defunción- cuándo acontecerá esa desgracia, pero no cuentan ni miden que las matemáticas y la estadística nada tienen que ver cuando existe la voluntad, al menos, de no dejarlos morir de inanición o de pena a esos parajes que no se datan ni fichan con esa cambiante marea que es la economía, sino que se acompañan de manera permanente de esas raíces que también nos conducen a poner todo nuestro empeño y decisión en su salvación. Que también vale la pena. Y tiene que seguir habiendo gente en todos los pueblos que puedan abrir la puerta, mostrar al visitante sus bondades, cerrar el grifo, dar o apagar la luz..., o tocar las campanas el día del patrón. Que esos pueblos, aunque sean pobres, esas tierras, aunque sean tristes, son tan tristes que tienen alma, que diría Machado. Y por esa alma que no se ve pero que está, ¡vaya que si está!, a fin de que se siga permaneciendo y conformando ese idílico pueblo que es el nuestro, ya lo creo que merece la pena aventurarse.

Se ignora todo cuanto se precisa para la pervivencia de esos pueblos que hacen esta tierra, por tratarse de un fenómeno o de rara enfermedad, por lo que el tratamiento, si es que existe, ha de ser sin duda también original. Y en ello habrá que embarcarse y arriesgarse, aun a riesgo de meter la pata, pero al menos que nos quede la dicha de habernos empeñado. En esa intentona nos diferenciaremos de otras regiones, que ni siquiera pudieron comprobar si era posible la permanencia..., porque ni lo intentaron.

Ante la resistencia a marcharse a la capital o a la cabecera más próxima por aquello de la rentabilidad o quedarse a cerrar la puerta y ser el último en claudicar puede que haya término medio. ¿Quién recogerá esa crónica donde se guardan las esencias que hacen única esa aldea, villa o poblado...? Cuando, tal vez mañana sea demasiado tarde, ¿quién dará voz a tanto silencio y podrá contarnos con palabras propias hasta dejarnos con la boca abierta todos sus encantos...?

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